De izquierda a derecha: Alberto Guerra, Andrés París, Marina Casado, Eric Sanabria, José María G. de la Torre, J.L. Arnáiz, Débora Alcaide y Alberto Guirao
El 16 de diciembre de 1927, se celebró en Sevilla un homenaje por el tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora. Los poetas que participaron en el acto y otros tantos que no estaban allí formaron la llamada Generación del 27. Aquel día, se tomó la famosa foto, la más conocida del 27.
Noventa años más tarde, los Bardos los homenajeamos a ellos en la vinoteca Xelavid, recitando sus poemas y otros escritos por nosotros. Resucitaron las voces de Gerardo Diego, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Concha Méndez, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, que ese día hubiera cumplido 115 años. Como él mismo dijo: «No es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo encerrado, su canto asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres».
Diciembre toca a su fin y ha sido un mes muy intenso para mí, en el terreno literario. El pasado jueves 14 viajé a tierras gaditanas, a El Puerto de Santa María, para presentar mi último ensayo en la Fundación Rafael Alberti. Mi conferencia formaba parte de los actos celebrados por el aniversario de Alberti. Este año, Rafael hubiera cumplido 115 años. Fue maravilloso estar allí, en su pueblo natal, en la casa donde vivió, hablando de él y recitando poemas suyos. El público, muy acogedor y entrañable. Enrique Pérez, secretario de la Fundación, me acompañó en la mesa.
El próximo sábado 16 de diciembre se cumplirán 90 años de la celebración del homenaje a Góngora que constituyó el germen de formación de la magistral Generación del 27. Ese mismo día, Rafael Alberti hubiera cumplido 115 años.
Los Bardos hemos decidido celebrarlo poéticamente en la vinoteca Xelavid, donde los versos de los integrantes del 27 volverán a brillar mezclados con los nuestros. Además, contaremos con la presencia de José María G. de la Torre, director de Ediciones de la Torre, donde se está gestando una sorpresa muy barda para 2018.
¡Os esperamos! La entrada es gratuita y los poetas del 27 merecen un homenaje.
No es fácil de comprender, el concepto de la dignidad. Los seres más errados se aferran a ella para justificar sus canalladas, sus desaires, su acuciante e insólita deshumanización. “Es mi dignidad”, arguyen, y al decir esto se contemplan a sí mismos como una suerte de colonos posando sus ojos por vez primera sobre un nuevo continente. La dignidad: un terreno virgen, inexplorado, ideal para plantar la bandera de su insolencia. Y se preguntan cómo habían vivido tanto tiempo sin ella.
Lo que no entienden es que la dignidad es todo lo contrario a repentina: se trata de un rubor imperceptible que nace con uno y permanece para siempre. No brota cual hongo en la estación de las lluvias; no aparece ante el dulce éxtasis del éxito ni es relámpago salvaje en la noche incolora. Muy al contrario: la dignidad se erige como el último bastión de la conciencia cuando todo se ha perdido. Brilla cuando la niebla del fracaso envuelve el presente y no ofrece un refugio, sino la inherencia propia de aquello que siempre ha sido y que será. La derrota es la más digna de las realidades.
Desconfío de aquellos que se acogen repentinamente a algo que llaman dignidad. Criaturas que se han mostrado vulnerables, dóciles y temblorosas, hasta que un giro imprevisto del presente, lo que se conoce como “golpe de suerte”, cumple súbitamente su deseo. Entonces dejan de temblar, miran a su alrededor y suspiran, aliviadas. Por fin pueden quitarse la máscara. Y a esa acción, al abandono del disfraz, lo llaman “dignidad”. Hay algo maquiavélico en su temblor, en la manera de ocultar su verdadero yo mientras permanecen desubicadas, esperando esa vuelta del destino, ese éxito que desterrará la incertidumbre. Porque debajo de la máscara hay solo frío y la certeza remota de su propia congelación. La sensibilidad es otra dimensión permanente, imposible de abandonar. La máscara no concibe el amor: en ella es un sentimiento impostado, igual que ese sucedáneo de dignidad que nace de repente y vuelve a apagarse al cambiar la dirección del viento.