Empiezo 2015 con mucha música hippie sesentera, que cada vez me gusta más, alguna pieza de rock clásico que tenía desubicada y dos o tres perlitas sueltas, entre las que destaco «Playa Girón», del gran Silvio, y «Y sin embargo», de Sabina, hacia el que siempre he sido recelosa; pero últimamente -como con tantos otros grupos- se están cayendo mis defensas…
Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.
Aquí hay un extracto:
La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 17.000 veces en 2014. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 6 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.
Hace un año, escribía acerca de la escasa e injusta valoración que hoy en día posee en España la obra de Rafael Alberti, miembro de la Generación del 27 que gozó de gran popularidad durante los años de la Transición. Alberti nació –“¡respetadle!”- con el cine, en 1902, y fue el último de su generación, falleciendo en octubre de 1999 a los 96 años, a punto de ver cumplido su sueño de entrar en el siglo XXI. Había tenido que exiliarse al concluir la Guerra Civil, debido a su ideología comunista y republicana: su exilio le condujo a Buenos Aires, Uruguay y Roma. En 1977, dos años después de la muerte del dictador Francisco Franco, regresó a España acompañado de su esposa, la también escritora María Teresa León, que ya comenzaba a sufrir los primeros signos de la enfermedad mental que la acabaría confinando en un sanatorio, donde pasaría sus últimos y desolados años de vida.
Más allá de la popularidad de Alberti en los años de la Transición y de su intensa actividad política como miembro del Partido Comunista, su extensa obra literaria constituye el reflejo de todo un siglo y se caracteriza, principalmente, por su plasticidad y colorido, poso tal vez de segunda faceta artística: la de pintor. Los poemas albertianos, cuajados de claroscuros, luces y sombras, azules de diferentes gamas; se hallan envueltos en una musicalidad que dibuja en el alma del lector inacabables universos bañados de inocencia y traspasados por el filo punzante de la nostalgia, la que él llamó “nostalgia inseparable”. Lo que también fascina de su obra es su evolución por diferentes estilos, partiendo del neopopularismo y pasando, sin apenas transición, al neogongorismo, y de él al surrealismo, para después vivir en la poesía social y concluir su carrera con un sorprendente poemario de tono erótico.
La voz poética de Alberti se erige como una de las más altas de la poesía española y resulta original e incomparable a ninguna otra. Por eso, a día de hoy me sigue horrorizando que, a menudo, cuando explico que su obra es el tema de mi tesis doctoral, la gente –entre ella, profesores universitarios, críticos e intelectuales de diversa índole- me sorprenda con una valoración desdeñosa del estilo: “A mí es que la poesía de Alberti…”; seguida de una justificación confusa acerca de por qué Alberti no puede ser considerado buen poeta, justificación en la que, en numerosas ocasiones, se incluye la faceta política del gaditano, que para muchos es la única a tener en cuenta. Tantas veces me he preguntado: ¿por qué ha alcanzado estos niveles injustos de infravaloración?
Rafael Alberti y María Teresa León en los años treinta
Estas Navidades, cayó en mis manos un libro supuestamente muy recomendable, publicado en 1994 y con una ampliación de contenido en 2010: Las armas y las letras. Su autor, Andrés Trapiello (León, 1953) es un reconocido escritor y considerado “ensayista”, principalmente, por esta obra. En el prólogo, ya me sorprendió que alardeara de que su libro no es un ensayo y tampoco una novela, sino una recopilación de anécdotas de los escritores durante la Guerra Civil. Se jactaba de no haber incluido referencias ni bibliografía en la obra por no tener la intención de “formar alumnos o codearse con catedráticos”, resolución que me resultó chocante tratándose, como se trata, de un libro con perspectiva histórica y no de ficción.
En el mencionado prólogo, Trapiello nos habla de una “tercera España” que no intervino en la Guerra Civil y no se sentía identificada por ninguna de las dos posturas enfrentadas en ésta. Cabe cuestionarse la existencia de esta “tercera España”, neutral y centrista, defendida a ultranza por Trapiello, en el contexto de Guerra Civil, de tensión internacional que dejaba a Europa al borde de una II Guerra Mundial. ¿Cómo no implicarse, cómo mantenerse impasible, indiferente, ante la catástrofe que se fraguaba? La tesis de Trapiello carece de sentido. Inquietan, además, sus intentos de justificación, mal disimulados, del levantamiento franquista en 1936.
Portada de Las armas y las letras, de Andrés Trapiello. Ediciones Destino
Pero este punto no es lo más grave del contenido de Las armas y las letras, ni mucho menos. En el libro, su autor arremete, desde el principio, contra Rafael Alberti, a quien comienza acusando de ser el causante de la ejecución, por parte de la II República, del escritor Ramón Martínez de la Riva, a quién supuestamente señaló en una de sus intervenciones públicas. Más adelante, dedica gran parte de un capítulo a denostar la figura y la actividad literaria y social tanto de Alberti como de su esposa, María Teresa León. Incluye supuestos testimonios de intelectuales de la época que los conocieron, como Manuel Azaña o Juan Gil-Albert, e incluso se atreve a esbozar hipótesis sobre lo que de él pudiera opinar Ortega y Gasset. Ninguna de estas opiniones aparece contrastada ni referenciada.
Tras esta vejatoria presentación de Alberti a los lectores, suelta Trapiello la bomba: una supuesta acusación, en 1992, de “alguien”, “sin prueba alguna”, que culpaba al poeta de haber firmado sentencias de muerte durante la Guerra Civil. Alberti, afiliado al Partido Comunista, formaba parte entonces, junto con otros escritores como José Bergamín, André Malraux, Pablo Neruda o Luis Cernuda, de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, cuya labor se limitaba a defender el patrimonio cultural español durante la guerra y a organizar actividades culturales para animar a los soldados republicanos. No tenían, pues, responsabilidades políticas ni militares.
Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre y José Bergamín durante la Guerra Civil
Ante la falta de datos en ese “tirar la piedra y esconder la mano” de Trapiello en el libro, he investigado al respecto del episodio, descubriendo que el “alguien” acusador no era otro que Torcuato Luca de Tena (1923-1999), nieto del fundador de ABC, director de dicho periódico y franquista hasta la médula. En su libro de memorias Franco si… pero. Confesiones profanas. Unos años decisivos de la vida de España vistos y narrados por un testigo excepcional (Planeta, 1993) señala a Alberti como responsable de muchas muertes y, por supuesto, sin aportar la más mínima prueba. El episodio, acaecido aún en vida de Alberti, causó una gran polémica en su día, haciendo que historiadores, investigadores y biógrafos se levantaran contra la injusticia y probaran que tales acusaciones constituían una infamia.
La defensa de la inocencia de Alberti ya se había producido cuando Trapiello sacó a la luz la primera versión de su libro y, a pesar de detenerse en la acusación de Luca de Tena, no menciona la resolución del conflicto. Una decisión sospechosa, la suya, y ciertamente tendenciosa. Tras no aportar pruebas o nombres, escribe este vergonzoso párrafo, que deja muy clara su postura –subrayo en negrita las palabras o frases que me resultan más escandalosas-:
Para unos, Alberti fue testigo de muchas de aquellas muertes. Otros, en cambio, van más lejos y aseguran que llegó a estampar su firma en algunas sentencias, y otros, en fin, que “sólo” fue cómplice. Por último están los que creen que Alberti sólo fue consecuente con la responsabilidad de ganar la guerra. En cierto modo todos tienen razón. No habido una sola guerra que se haya ganado limpiamente. […] Fue Neruda quien en sus memorias reconoció la barbarie de aquellas checas, de aquellos paseos capitaneados por forajidos. Cierto que lo admitió treinta años después. Un poco tarde para los muertos. ¿Firmó Alberti sentencias de muerte, las conocía, las toleraba, se opuso a tales muertes tan violentamente como cincuenta años después negó que tuviese relación con ellas? […] No es nada nuevo decir que el Partido Comunista, al que Alberti pertenecía, no solo no evitó muchas de esas ejecuciones, sino que a veces, como en los sucesos del POUM, las propició. Alberti, como militante, pudo entonces estar o no informado de la política de su partido, pudo estar o no de acuerdo con sus actuaciones. Desconocimiento es también la primera excusa que aducen los criminales de guerra a los que se sienta en un banquillo para hablar del Holocausto. Por otro caso las guerras se ganan matando gente, y quien está en una trinchera es solidario y responsable, por el principio de subsidiariedad, no solo de la trinchera, sino del frente y de la guerra. Incluso sin ser leninista, un solo revolucionario es responsable de toda la revolución (Trapiello (2014), Las armas y las letras. Madrid: Austral. P. 132).
¿”Unos”, “otros”, “algunos”? ¿Dónde se encuentra aquí el rigor de las fuentes manejadas? ¿Por qué Trapiello se niega a mencionar a Luca de Tena, acaso teme que un lector avispado lo relacione correctamente con la ideología franquista? ¿Qué decir ante la vergonzosa insinuación acerca de los criminales de guerra que aducen desconocimiento, como si Alberti fuera uno de ellos? Trapiello incluso justifica su odio visceral contra el poeta alegando que, simplemente por apoyar a la República, Alberti ya ha de considerarse responsable de las muertes que la guerra trajo consigo.
El escritor Andrés Trapiello, autor de Las armas y las letras
Y como bien indica el título, no solo se ocupa de “las armas”, sino también de “las letras”, asestando una última y canalla puñalada contra la faceta poética de Alberti, en un párrafo que comienza diciendo: “Incluso como poeta es difícil tener de Alberti una idea clara” (Trapiello, 2014: 133). A dicha afirmación le sigue una serie de testimonios sin contrastar y referencias dispersas, muy en la línea de esta obra que, incomprensiblemente, ha alcanzado una fama inusitada en España. En mi opinión, no constituye más que una maraña de opiniones caóticas y recopilación de anécdotas, más o menos verídicas, que el autor haya podido leer aquí y allá o, como dice el refrán, haya oído campanas y no sepa dónde.
Pero a su desconocimiento e incapacidad de contextualizar la época de la Guerra Civil española hay que sumarle una intención clara de dañar la memoria y el valor poético de una figura como la de Rafael Alberti. Y por testimonios sin fundamento que se vuelven populares, como este, hemos conseguido que demasiada gente infravalore hoy a un poeta tan inmenso, que necesita ser necesariamente reivindicado, leído y revisado. Como investigadora literaria, ya me he comprometido a aportar todo lo que pueda en este terreno, pero filólogos, biógrafos e historiadores deberían tomarse más en serio la cuestión.
Concluyo con unas palabras del propio Alberti, cuando en 1993 tuvo que defenderse ante las injustas acusaciones de Luca de Tena:
«Las únicas armas con las que defendí fervorosamente la legalidad republicana fueron mi pluma y mi palabra» (El País, marzo de 1993).
Elvis es rock’n roll y rock’n roll es Elvis. Y lo afirmo sin intención de menospreciar a Chuck Berry, Little Richard o Jerry Lee Lewis. Pero si hoy hiciéramos una encuesta a pie de calle, todo el mundo, independientemente de la generación a la que pertenezca, conocería al primero, aunque no lo haya escuchado jamás. Porque Elvis ha trascendido más allá del ámbito estrictamente musical para convertirse en un mito, en un icono cultural y social. Su imagen, con su tupé negro, engominado, y las gafas de sol, y los refulgentes trajes de colores, pertenece al imaginario colectivo.
Nunca fue un gran compositor. De hecho, no fue ni grande ni pequeño: las letras de la mayor parte de sus canciones más populares están tomadas de temas pertenecientes a otros artistas. “Tutti Frutti” es de Little Richard y “Blues Suede Shoes” fue compuesta por Carl Perkins, pero todos coincidiremos en que a la voz de Perkins le falta el matiz seductor y humeante de la del Rey. La famosa “Heartbreak Hotel”, el single más vendido de 1956, sí fue, sin embargo, grabada especialmente para ser cantada por Elvis, que se lanzó a la fama gracias a ella.
No fue compositor, pero las décadas de los cincuenta, los sesenta y los setenta podrían medirse a golpes de sus caderas. Lo esencial de Elvis fue su estilo, su carisma en el escenario, su baile y su descaro, con los que logró popularizar un género todavía recién nacido: el rock and roll, y se considera pionero de una de sus variantes: el rockabilly –mezcla de country y rock-. No en vano es conocido como “el Rey”: su influencia permanece presente, aun hoy, en lugares insospechados. Nunca olvidaré los dos conciertos de Duncan Dhu que tuve ocasión de presenciar, en 2013 y 2014, en los que Mikel Erentxun se declaraba –incluyendo también a Diego Vasallo- fan incondicional de Presley, y, a continuación, deleitaba al público con un sorprendente baile, Elvis style, para interpretar el tema que supuestamente homenajea al cantante: “La barra de este hotel”, de 1987.
Los que lo conocemos un poco, estamos al tanto de que siempre hay dos Elvis. El Elvis tímido, que no se atrevía a declararse a una chica del instituto, y el símbolo sexual que incluso tuvo sus apariciones en Hollywood. El Elvis con cara de niño y aquel otro gordo, decadente y de estrafalarias vestimentas. El Elvis desenfrenado de “Tutti Frutti” y el intérprete de hermosas baladas, como “Love Me Tender” o “Can’t Help Falling In Love”.
Como todos los mitos, el de Elvis también tiene un amplio trasfondo en el que merece la pena bucear. Si Presley no hubiera fallecido trágicamente a los 42 por una sobredosis –su adicción a la heroína le había valido, por ejemplo, un implante de oro en el tabique nasal-, hoy habría cumplido 80 años. Pero, igual que tantas estrellas de rock –él, la primera de todas-, jamás llegó a envejecer…
Ilustración de Caperucita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite
Miranfú. Con esta palabra mágica, Sara Allen invocaba a lo imprevisible en la obra de Carmen Martín Gaite Caperucita en Manhattan. Al pronunciarla, cualquier cosa podía ocurrir. En una novela juvenil de corte fantástico, no podemos esperar muchos acontecimientos terribles, pero, en la realidad, conlleva un cierto riesgo.
En enero de 2014, debí de pronunciarla sin darme cuenta, tal vez en sueños: eso explicaría que este año haya constituido un auténtico torbellino en mi existencia, un cúmulo de fuertes contrastes, dichosos y trágicos; una mezcla entre euforia, alegría, triunfo, nostalgia, ansiedad, tristeza, miedo…
Lo de hacer un balance de acontecimientos cuando expira diciembre es un postureo redomado, pero, en este caso, a mí misma me asombra la cantidad de cambios que se han producido en mi vida a lo largo de unos escasos doce meses, así que permitidme que posturee, al menos por esta vez.
He terminado -¡al fin!- el maldito máster de Formación del Profesorado. Oficialmente, estoy capacitada para dar clases de Lengua y literatura en institutos privados y concertados y conseguir que mis alumnos acaben por aborrecer a Luis Cernuda –en absoluto; ya me las apañaré para que les apasione…-. He intimado con Rafael Alberti, gracias a que por fin me he puesto en serio con mi tesis doctoral, y cuanto más me adentro en su poética, más me fascina…
Este verano, en la Fundación Rafael Alberti de El Puerto de Santa María
He publicado dos libros; ¡se dice pronto! Uno en abril, mi primer poemario: Los despertares, con Ediciones de la Torre. Este libro es especial, porque cumple un sueño que tenía desde mi más remota adolescencia, cuando comencé a plasmar mis soledades y mis amores platónicos en versos incendiados de cisnes y de princesas lejanas, y después fue Alicia la que, perdido su País de las Maravillas, me llevó de la mano por los caminos mágicos que escapan del Espejo. El segundo libro, El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock, me lo publicó Líneas Paralelas en octubre. Se trata de un ensayo que combina mis dos grandes pasiones: la literatura y el rock. En ambas publicaciones, he tenido la suerte de contar con buenas personas que me han apoyado y me han ayudado en todo momento.
Cada primavera, paseaba por la Feria del Libro de Madrid soñando con estar algún día dentro de una de las casetas, firmando ejemplares. Este año, se ha cumplido mi sueño, con mi poemario Los despertares. Y lo más emocionante ha sido reencontrarme allí con personas que se han ilusionado conmigo, algunas a las que no veía desde hacía mucho tiempo y, sin embargo, allí estaban.
También he recibido una crítica elogiosa, por escrito, de mi poemario, de uno de mis poetas favoritos, el grandísimo José Manuel Caballero Bonald. Aún no me lo termino de creer.
Firmando «Los despertares» en la Feria del Libro de Madrid 2014Presentación de «El barco de cristal» con Emilio Blanco y la banda Strange Days
Me han operado por primera vez en mi vida. Una infección ocular en mayo, originada por la falta de higiene de algún oftalmólogo de las urgencias de cierto hospital madrileño, se fue complicando hasta derivar en la obstrucción del conducto lagrimal de mi ojo izquierdo, por lo que me han tenido que abrir un conducto nuevo a través del hueso de la nariz. La ventaja: le he perdido el miedo a las jeringuillas que, despiadadas, se acercan llenas de suero hacia mi pobre y torturado ojo…
He sido, junto a Eric, Fernando y Rosalba, orgullosa fundadora del Galganismo, movimiento poético que pronto revolucionará los circuitos madrileños… Después, se nos unió Alberto. Es maravilloso compartir con ellos tantas cosas, empezando por versos y acabando por hamburguesas de carne de avestruz… Los Galganistas hemos participado, por primera vez como conjunto, en un recital: el dedicado a Leonor Machado, sobrina de Antonio y Manuel, hija de Francisco, en una noche que considero memorable.
He aprendido mucho acerca de sentimientos humanos. He llorado ríos de lágrimas, he naufragado y, cuando he sentido tocar fondo, me he visto iluminada, de repente, por una luz radiante y cálida. He comprendido que los verdaderos amigos pueden discutir, pero al final todo se arreglará, y que hay personas destinadas a ser esenciales en un período concreto de nuestra vida para convertirse, súbitamente, en desconocidos. Respecto a la eternidad de las musas, continúa siendo una utopía, pero yo soy idealista por naturaleza, lo cual resulta paradójico dado mi proverbial pesimismo.
He conocido a personas maravillosas que se han hecho un hueco en mi corazón: algunas todavía me acompañan -y me esforzaré por que así siga siendo-. He descubierto el mar dentro de una mirada. He echado mucho de menos y he terminado por firmar un pacto con la realidad para no pasarme la vida soñando –ahora, algunos sueños han cruzado conmigo la frontera-.
Miranfú ha traído consigo terremotos existenciales: tragedias y dichas que han borrado la antigua languidez, porque, triste o alegre, cada acontecimiento delata VIDA. Y yo estoy viva. Ahora, tal vez, desearía un 2015 más tranquilo –un poquito más, tan solo-, para dejar crecer las prometedoras semillas que me ha regalado este año, para alcanzar nuevas metas. Aunque al final, sigamos explotando día a día como estrellas salvajes, las que se derraman sobre mi playa cada verano.
Y me despido de 2014 con nostalgia, dicha, esperanza, y envuelta en las notas de las Noches de blanco satén de los Moody Blues…