Solo la luna

luna

“Ya nadie piensa en ti, Miss X niña.”
(Rafael Alberti)

Detrás de un beso hay siempre
una región inabarcable de soledad.
En cada abrazo, juegan los cuerpos a simular
durante unos instantes que se componen de algo más
que nubes hilvanadas con deseos.
Abrir los ojos es cerrarlos,
y entonces ya no existe un tú y yo: solo la luna.
Solo la soledad desenterrada del viento del oeste,
de las niñas sin nombre –¡ah, Miss X!–
perdidas por los mundos ignotos
de nuestros pensamientos.

 

(De Mi nombre de agua, Ediciones de la Torre, 2016)

Nueva Orleans

 

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Recuerdo cuando fuimos inmortales.
La luz de media tarde
desparramaba sus cabellos de oro
sobre el sofá.
La vecina del cuarto, aquella niña llamada Mara,
canturreaba una canción de plastilina
en los oídos de las hadas
que nunca se atrevieron a buscarnos.
Mara tenía la mirada bovina
y una ancha sonrisa confiada y patética
colgando con lustrosa placidez de las mejillas.
Yo siempre tuve las pupilas demasiado grandes.
Alguien hablaba de Nueva Orleans
y yo veía las trompetas conviviendo
con las luces rojizas de los bares,
sombreros desgastados, calles amargas
perfiladas de risas en el anochecer.

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La Guardarraya, revista literaria

Mis lectores más fieles podrán sorprenderse: ¡vuelvo a escribir tras dos meses de abandono! Lo cierto es que, como algunos sabrán, se convocan oposiciones de Secundaria en 2018 y aquí estoy, un año más, llevando una vida ascética, muy a lo Fray Luis de León: estudio, meditación sobre lo estudiado, fortaleza y acopio de sabiduría. Y así hasta mediados de junio. No obstante, trataré de pasarme por aquí de cuando en cuando, para que mi página no sea absorbida por el universo de nodos y enlaces que constituye el vivisistema de Internet. Además, sucesos muy interesantes, en el terreno literario, están por llegar, y habré de tratarlos.

El caso es que he regresado con buenas noticias: mi participación en el segundo número de La Guardarraya, una nueva revista literaria digital que se edita en Barcelona, dirigida por el escritor salvadoreño Carlos Ernesto García. Tanto los contenidos como la edición son una auténtica maravilla. Y su labor de visibilizar a poetas actuales del ámbito español e hispanoamericano es verdaderamente loable. Por ello, me siento muy honrada de figurar entre los autores de este número.

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The Show Must Go On

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The show must go on. 
Inside my heart is breaking,
my make-up may be flaking 
but my smile still stays on. 

(Freddy Mercury)

“Ganarás la luz”, decía aquel verso de ese buhonero de palabras, de ese titiritero de lunas que fue León Felipe. Y hoy más que nunca me empeño en creerlo, en convencerme de que un día podré abrazar la luz. Ni siquiera el dolor más profundo y devastador es capaz de paralizar el universo. Me sorprende a menudo esta cotidianidad inadmisible que nos devora: el estudio apremiante con las oposiciones a la vuelta de la esquina, la política y sus esperpénticos representantes, los crímenes de los que hablan los periódicos, la primavera y el verano y el otoño y otra vez el invierno, con su frío, que no es el mismo frío de siempre, sino otro distinto que se agarra al corazón, al que a veces llamamos con el nombre de “desamparo”. La Navidad y las cenas, las tardes de cine, las rebeldías crujientes del Retiro. El alumbrado navideño y personas felices con renos en la cabeza, riendo, bebiendo, soñando.

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Wild world

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Salamanca, diciembre de 2017

Oh baby, baby, it’s a wild world.
It’s hard to get by just upon a smile.

(Cat Stevens, Wild World)

No se equivocaba Cat Stevens cuando afirmaba que este es un mundo salvaje. Da miedo a veces asomarse fuera del corazón y ver que nieva incesantemente: que la nieve, como un sudario grave y profundo, cubre todos los ojos y los sentimientos, los labios, los recuerdos. Quieren hacernos creer que el amor son solo palabras y que su luz, como la de una estrella fugaz, puede extinguirse de un día a otro con la súbita levedad de un beso. Y yo, que no he dejado de soñar con la luna, aprendo cada hora a distinguir el humo del verdadero amor, porque tengo el privilegio de haber conocido, de conocer, a personas que han sabido quererme, a las que yo he querido y quiero, más allá de las palabras. Cuando quieres a alguien de verdad, su sufrimiento es el tuyo y desearías retorcer el universo hasta recuperar la armonía por ver morir sus lágrimas.

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