«Mi nombre de agua» en la Feria del Libro de Madrid

IMG_8805Ahora, a mediados de julio, os traigo las fotos que tomamos en los tres días que estuve firmando Mi nombre de agua en la Feria del Libro (también firmé algunos ejemplares de mi primer poemario, Los despertares, y de la antología 40 sonetos de amor).

Este ha sido mi tercer año consecutivo en «la otra orilla» de la Feria -es decir, dentro de las casetas; como autora y no como visitante.

Igual que en las otras dos ocasiones, fue muy bonito encontrarme con los amigos que vinieron a saludarme: algunos cercanos, otros a los que veo menos, que me dieron una sorpresa.

Este año ocurrieron dos anécdotas que recuerdo con ilusión. La primera: una lectora de mi ensayo El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock, vino a saludarme y a expresarme lo mucho que le había gustado mi libro. Y los que escribís sabréis que no hay nada más gratificante que el hecho de que alguien disfrute con lo que una ha escrito.

La segunda anécdota aconteció el primer día de firmas. Una adolescente de unos quince años  pasó por la caseta y me compró el libro dedicado. No me conocía y seguramente no había oído hablar de mi libro, pero debió de atraerle el título. Me hizo ilusión tener una lectora tan joven. Me recordó a mí, con la misma edad, pidiéndole que me firmara un libro a una por entonces desconocida Laura Gallego. No es que yo vaya a convertirme nunca en una Laura Gallego, pero con esto trato de demostrar que a veces conviene arriesgarse y apostar por los autores desconocidos, porque pueden sorprendernos.

Os dejo ya con las fotos, con mi agradecimiento a todas las personas que me acompañaron y a mi editor, José María de la Torre, por contar un año más conmigo para la Feria. También a Javier Lozano, el autor de la gran mayoría de fotos.

 

Jim Morrison: a los 45 años de su muerte

En la madrugada del 3 de julio de 1971, una estrella fugaz llamada Jim Morrison moría en una bañera de París, víctima de sobredosis. Eso nos dice la versión oficial. Alrededor de ella pululan, como elementos propios de novela negra, una novia heroinómana, histérica y controladora; un camello, miembro de la nobleza en decadencia, que era amante de la novia -además de ser la persona que suministró la dosis de droga mortal a otra gran estrella: Janis Joplin-; una amenaza de cárcel desde América; un médico con un historial un tanto turbio que fue el único, además de la novia, que vio el cadáver de Morrison…

La leyenda que gira en torno a la muerte del cantante de The Doors se halla envuelta de una complejidad que roza lo lírico. Por detrás del icono sexual en decadencia se ocultaba un poeta heredero de las enseñanzas suicidas de Rimbaud: una figura que me ha fascinado desde siempre.

En mi primer poemario, Los despertares, Morrison ya aparecía conversando con Alicia, tomando el té con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo. En mi segunda obra, Mi nombre de agua, no podía menos que dedicarle un poema, que es el que a continuación reproduzco:

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Jim Morrison en 1970

Jim Morrison

Te busco en la otra orilla,
a la que todavía no he cruzado.
Y tú en el escenario, como una mancha aguda
de heliotropos sanguinolentos.
Y tú como una sombra,
como una noche negra que persigue su fin,
viajando a la deriva en tu navío de cristal;
asesinando una botella
con tus ojos ensoñadores
del color de diciembre.

Me miras desde camisetas desteñidas
que se sumergen en el metro,
que no entienden de amaneceres en ruinas
mezclados con alcohol y con cabellos rojos;
me miras,
pero no basta con mirar el mundo:
hay que agitarlo violentamente hasta que estalle,
hasta que se desate el trueno,
porque ninguna historia acaba
si no es con la tormenta.

Te busco en la otra orilla.
Al fin he comprendido lo que tú pensaste:
que todos los futuros viven al fondo
de una bañera en la que naufragar a medias,
morir solo una pizca, rendirse y resistir
desde lo alto o desde aquellas galerías
de inframundos cansados de esperarte.

Miro la noche
sin agitarla
y en azoteas de papel maché
refulgen unas notas de tu color chamánico y obsceno;
bailan las madrugadas como inframundos dóciles
que acariciaras con tu voz; sueñan desde la lluvia
multitud de mujeres de rostros arrugados
como la máscara implacable
de aquel viejo piel roja
que se quedó a vivir en tus mejillas.

La misma sangre muerta
que ascendía despacio por tus huesos
y te ahogaba en Venice
y te llenaba de gaviotas el esófago
me amenaza con desbordarse
desde edificios monolíticos
y terrones de azúcar
flotando por la tierra de soledades de café
que habitó en tus cabellos.

No teñiré de rojo mi melena
en una vaga crisis de sonambulismo
para esperar a medias esa muerte truncada
donde se acuna tu recuerdo.
No llamaré a Rimbaud para hacer de mi vida,
de esta vida, una llaga de lluvia
en este mundo estremecido
por la radiografía del relámpago.
Soy la vulgar espectadora
en el cine angustiado de tus versos:
soy quien te olvidará día tras día
mientras invoca la tormenta.

Marina Casado, Mi nombre de agua (Madrid: Ediciones de la Torre, 2016)

Presentación de «Mi nombre de agua»

El examen de oposición que no me permite escribir con más asiduidad resulta ya inminente, así que pronto nos leeremos. Mientas tanto, les vuelvo a dar las gracias a todos los amigos que me hicieron una visita los días que estuve firmando en la Feria del Libro de Madrid -cuando tenga más tiempo, publicaré fotos de esos días-.

Lo más importante: me hace mucha ilusión invitaros a la presentación oficial de Mi nombre de agua en Madrid. Aquí os dejo la información; si venís, podremos charlar y tomar algo después del acto:

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Y si queréis bucear un poco en el contenido del libro, echad un vistazo al booktrailer.

¡Espero veros el viernes 24!

«Mi nombre de agua» (booktrailer)

Ya dije que pronto daría más información sobre mi nuevo poemario, Mi nombre de agua. Pues bien, aquí os presento un viaje audiovisual por sus páginas, gracias al trabajo de edición de Javier Lozano, que además me acompaña en la actuación.

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Si os ha gustado el «argumento», aprovecho para anunciar que mañana será el último día que estaré firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid:

martes 7

Y para los que no podáis acercaros mañana y os haga ilusión tener un ejemplar dedicado, adelanto que ya hay fecha para la presentación oficial: el viernes 24 de junio. Será en el Pabellón de Cristal del Café del Espejo (Paseo de Recoletos 31, Madrid). Se tratará de un acto público al que todos estáis invitados.

Además de en las librerías habituales, podéis comprar mi poemario por Internet en este enlace: http://iriscc.es/es/lirica/733-mi-nombre-de-agua.html

¡Nos leemos pronto!

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El booktrailer de Mi nombre de agua está incluido en el canal de Youtube La Canción Vagabunda, en el que Javier Lozano y yo recitamos e interpretamos poemas de todas las épocas y autores. Os animo a suscribiros, a los amantes de la poesía.

Paul McCartney en Madrid: una ventana al tiempo de los Beatles

El término “agujero de gusano” se define como un atajo a través del espacio y del tiempo: una “puerta” que te teletransportaría al pasado o al futuro de manera inmediata. Se trata de un concepto puramente científico, pero lo que la otra noche vivimos en el Estadio Vicente Calderón fue lo más cercano a un agujero de gusano que conoceré, y sin que la ciencia interviniera en modo alguno. Porque a veces el arte –la literatura, la música– es capaz de derrumbar por sí mismo las barreras del tiempo.

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Con mi hermano en el estadio Vicente Calderón, antes del inicio del concierto

Ese jueves, junio nos contemplaba con sus ojos de recién nacido desde las nubes que se iban arremolinando en el techo de la tarde. El estadio se llenaba lentamente, en mitad de una algarabía alegre y de una profusión de camisetas de los Cuatro de Liverpool, de todos los tamaños, colores y modelos inimaginables. Porque el concierto era de Paul McCartney, pero la mayoría íbamos a ver a los Beatles.

Para una gran parte del público, McCartney –los Beatles– constituía una parte de su juventud. Para el resto, era un mito perteneciente a un pasado musical glorioso al que se nos permitía asomarnos, durante una sola noche. Por ello el público resultaba tan heterogéneo.

Tras la actuación insípida de un disc jockey que se limitaba a ponerle fondos funky a canciones de Lennon y que nos hizo desear con más fuerza el inicio del concierto, apareció Paul McCartney, a cuestas con su leyenda, tras doce años sin pisar España. Anochecía. Paul, para mí extraño sin su peinado a tazón de los primeros sesenta, lucía una camisa blanca, chaqueta y vaqueros. Todo muy british, muy formal, muy de estrella pop momificada por la fama y por los millones. Nos esperábamos una vieja gloria de 74 años cansada, nostálgica y deliciosamente decadente.

Pero entonces, comenzó a cantar “A Hard Day’s Night” y se desató el hechizo.

Paul McCartney, Ringo Starr, George Harrison, John Lennon
Los Beatles al inicio de su carrera. A la izquierda, un joven Paul McCartney

Año 1964. Allí estábamos, de pronto. Antes de la época del LSD y de las muchachas con ojos de caleidoscopio planeando por cielos de mermelada. Antes de los Doors, de los Moody Blues, de Jefferson Airplane. Antes del Verano del Amor y de las drogas de diseño. 1964. John, Paul, George y Ringo, enfundados en sus trajes idénticos, con aquellos peinados repelentes y su imagen de “niños buenos” para diferenciarse de los Stone, tan gamberros, tan rompedores. Brian Epstein les dijo que los vaqueros no eran adecuados para sus actuaciones; tampoco comer pollo en el escenario. 1964 y todo el futuro por delante. La historia del rock, la que ellos estaban forjando sin saberlo.

Cambio de década, de paisaje, de recuerdos no vividos. McCartney, con su rostro amable de bulldog envejecido, se trasladaba a su papel de solista con su tema “Save Us”. Ya escribí anteriormente que Paul siempre será mi Beatle favorito, pero es que Paul fue más que un Beatle, después de romper de mala manera con Lennon –ambos actuaron cegados por su amor: John por el de Yoko y Paul por el de sus preciados millones–. Después McCartney continuó sorprendiéndonos con obras maestras como Ram y dando forma al vuelo de Wings, de la mano del antiguo guitarrista de los Moody, Denny Laine, y de su primera esposa Linda, a la que conoció siendo ella fotógrafa, allá por 1967.

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Paul y Linda McCartney en los tiempos de Wings. 1975, foto de James Fortune

Se desplegaron también las alas de Wings la otra noche, en el Calderón, con éxitos de la talla de “Letting Go”, “Band On The Run” o “Live And Let Lie”, que atronó entre fuegos artificiales y unas imágenes del Palacio de Westminster en mitad de una explosión que habrían hecho las delicias de Guy Fawkes. Dedicó a Linda el precioso tema “Maybe I’m Amazed”, y otro a su esposa actual, Nancy Shevell. En tributos no se quedó corto, porque también lo vimos rodearse de símbolos hippies en homenaje a John Lennon –la hipocresía, en estas ocasiones, puede perdonarse– para cantar “Give Peace A Chance”. Aunque el más emocionante, fue, sin duda, el de Harrison, en el que un polifacético McCartney, armado con un ukelele, nos deleitó con uno de los temas más memorables de los Beatles: “Something”.

Otras canciones de aquel grupo que cambiaría para siempre la historia de la música se elevaron en el aire nocturno del Calderón. Aparecieron los primeros Beatles, pulcros y políticamente correctos, en “Can’t Buy Me Love”, “We Can Work It Out”, “Love Me Do”… También esos otros más artistas, creadores de “The Fool On The Hill” o “Being for the Benefit of Mr. Kite!”. El público vibró con “Hey Jude” y se apagó misteriosamente con una canción de calidad superior, en mi humilde opinión, como es “Let It Be”. Todos nos desatamos en el desenfado circense y dadaísta de “Ob-La-Di, Ob-La-Da y volamos en avión con “Back in the URSS”. En el siglo XXI, la iluminación de los móviles ha sustituido a los antiguos mecheros en los conciertos, pero se encendieron todos, dibujando un manto plateado en el estadio, en los temas más románticos de McCartney, aquellos que le convirtieron en mi preferido, de los cuatro: “Here, There And EveryWhere”, “And I Love Her”…

No podía perdonar que se saltara “Michelle”, mi tema preferido; pero supo compensarlo bien con aquel “Eleanor Rigby” de violines y soledades líricas, insólita obra de excepcional belleza en la historia del rock. Terminó con el “The End” que también puso fin, en 1969, al álbum de Abbey Road.

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Paul McCartney durante el concierto. Fotografía de El País

Al concierto no le faltó nada, ni unas notas inusuales de modernidad –con “Four Five Seconds”, el tema que canta Paul con Rihanna y Kanye West– ni una extravagante pedida de matrimonio en mitad del escenario con el ex Beatle como oficiante del acto. McCartney, guasón y experimentado, talentoso al piano y a la guitarra, no flaqueó ni por un momento, demostrándonos que sigue siendo el mismo genio musical.

Sí; los agujeros de gusano existen y la ciencia no es estrictamente imprescindible. Ese jueves, pudimos ver a los Beatles. Nunca imaginé que escucharía en directo “Yesterday”, una de las primeras canciones de las que me enamoré en mi infancia; pero allí estábamos. Paul tenía la voz más ajada que en sus tiempos de peinado a tazón y muchas más experiencias en el bolsillo. El siglo XX lanzaba sus destellos en esa maravillosa, rota en ocasiones. Y Brian Epstein ya no podía reprenderle por llevar pantalones vaqueros en el escenario.

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Sí, tengo el examen de oposiciones a la vuelta de la esquina, pero McCartney tiene derecho a paralizar el tiempo, por una noche, a refrescar mi pobre y abandonado blog. Porque una cosa así ocurre una vez en la vida. ¡Volveremos pronto a leernos!