Hoy inauguro una nueva sección que publicaré el último día de cada mes, cuya idea está tomada del blog de Mikel Erentxun. Se trata de una lista con las canciones que añado a mi iPod a lo largo del mes. Algunas ya las conocía y simplemente las añado; otras constituyen nuevos descubrimientos…
Respecto a este mes, me ha marcado el álbum más célebre de Love, Forever Changes (1967). No conocía el grupo, pero era de mi época preferida de la historia del rock -y uno de los presentes en el mítico Verano del Amor del 67- y había que catarlo.
Me voy con los ojos llenos de los acontecimientos de un siglo. Un siglo de horrores, de enfrentamientos, de dolorosísimas separaciones, de hechos que habitan en mis bosques interiores y en los que, casi a mis noventa y cuatro años, aún puedo caminar sin perderme en su frondosidad. Pero no me quiero ir. No quiero morirme. Sigo sin querer morirme. ¿Por qué tengo que morirme? Todavía me retienen muchas cosas, muchos atrayentes sabores que no quiero dejar de percibir.
El año 2000 ya está ahí, casi lo estamos tocando. ¿Será posible que me abra sus puertas? […] Tiempo. Tiempo. ¿Por qué no hay más tiempo…? Mujeres que habéis pasado presurosas por mi vida, cercanas o lejanas ya, hermosas siempre, por encima de los días, de la crueldad del tiempo y del olvido. No adivino ya vuestros rasgos cuando atravesáis mi, todavía, encendido jardín. Pero siempre seréis un delicado y silencioso recuerdo en las páginas de mi perdida arboleda… Todo en mí sigue latiendo. Amo todo aquello que siempre amé, sin advertir la sorpresa de los que ya me contemplan como un árbol centenario al que le crujen las ramas e imaginan sin savia en las venas. Pero pienso, una vez más, en Anacreonte, en la edad del atrayente mar y de las sirenas, en la del incesante viento que a través de los siglos se enreda en el cabello dorado de las muchachas…
Rafael Alberti, La arboleda perdida
Con estas palabras se despedía Alberti en el último capítulo de sus memorias. A sus casi noventa y cuatro años aún gritaba, en un alarde de insolencia y lirismo, que no quería morirse. Esto no ocurriría hasta tres años más tarde, el 28 de octubre de 1999. Finalmente, no cruzó el umbral del nuevo siglo: nació con el XX y se fue también con él. Hoy, cuando ya llevamos quince años sin él, el mar de Cádiz todavía conserva el color de sus ojos y, dispersos por aquellas playas, los recuerdos de su infancia, adolescencia y vejez suspiran entremezclados con el viento de levante.
Alberti no fue, como tantos dicen, el poeta de la alegría, de la frivolidad, del neopopularismo. Alberti fue una paloma equivocada, un estandarte de nostalgia perdido en un siglo en el que nada permanecía, en el que todo giraba en un constante devenir heraclíneo y sus versos, como lágrimas saladas, murmuraban con ingenuidad que nada era lo mismo.
Nada era lo mismo, pero seguía siéndolo en su corazón. El Puerto de Santa María, cuajado de azules y blancos, que se vio obligado a dejar en 1917. El Madrid de la República donde halló su identidad política, sus amigos, su personalidad poética; arrasado por las bombas de la Guerra Civil. España sola, peregrina, viajando hacia otro continente para escapar del yugo totalitario del franquismo. Su “Buenos Aires querido”, que diría Carlos Gardel, donde nació su hija Aitana, aquella que fue bautizada en recuerdo a la sierra alicantina que avistaran él y María Teresa desde el barco que los conducía al exilio: la última visión de su más tarde añorada España. Punta del Este, y también Roma, esa Roma humilde y entrañable que nacía en el barrio popular del Trastévere, con sus automóviles enloquecidos y sus gatos invasores. Todos estos paisajes resurgen con asombrosa fuerza en sus versos últimos, aquellos que escribió al regresar a España, a esa España que ya no reconocía.
Como ya confesé en mi artículo Una deuda con Rafael Alberti, él es el poeta de la Generación del 27 que siento más cercano; en gran medida, porque yo tenía diez años cuando él murió. Tengo recuerdos extraños, como el de aquel profesor del instituto que lo pasó por alto en el temario, limitándose a decir que “de joven era muy guapo, pero de viejo se dejó el pelo largo para parecer un bohemio”. En ese momento, deseé levantar la mano y pedirle que nos explicara su poesía, pero la timidez pudo conmigo. Hace tiempo, soñé que iba con él en un autobús que se dirigía a la Avenida de los Sueños Olvidados, donde nos reuniríamos con García Lorca, que nunca había muerto. Rafael llevaba el cabello níveo cubierto por su sempiterna gorra marinera y hablaba conmigo con alegría y naturalidad. Tenía frente a mí al único poeta capaz de gastarse la recompensa de un Premio Nacional de Poesía en invitar a helados a toda la gente con la que se cruzara, y aquel que consideraba que dormir es una pérdida de tiempo.
Yo estoy de acuerdo contigo, Rafael: también soy de las que duermen lo menos posible. Aunque solo en sueños podemos regresar a los lugares en los que el calendario ha construido una barrera infranqueable, y hablar con personas devoradas por las oscuras aguas del Tiempo…
Agosto de 2014, en la Casa Museo de Rafael Alberti
Tuve de pronto la visión de Dean, como un ángel ardiente y tembloroso y terrible que palpitaba hacia mí a través de la carretera, acercándose como una nube, a enorme velocidad, persiguiéndome por la pradera como el Mensajero de la Muerte y echándose sobre mí. Vi su cara extendiéndose sobre las llanuras, un rostro que expresaba una determinación férrea, loca, y los ojos soltando chispas; vi sus alas; vi su destartalado coche soltando chispas y llamas por todas partes; vi el sendero abrasado que dejaba a su paso; hasta lo vi abriéndose camino a través de los sembrados, las ciudades, derribando puentes, secando ríos. Era como la ira dirigiéndose al Oeste. Comprendí que Dean había enloquecido una vez más.
Jack Kerouac, En el camino
Dean Moriarty, imagen de la inconstancia, eufórico e impulsivo hasta la violencia, es el verdadero protagonista de En el camino, la obra maestra de Jack Kerouac que debió haberse traducido como En la carretera, puesto que, en mi modesta opinión, se acercaría más al sentido que pretendía darle el autor. La llegada de Dean a la vida del narrador, Sal Paradise –personaje tras el cual se oculta el propio Kerouac- supone el comienzo de todos los alocados viajes que se desarrollan en la novela a lo largo y ancho de los Estados Unidos durante la segunda mitad de la década de los cuarenta. Porque Dean es el espíritu de la carretera: ese impulso aventurero hecho carne, la parte oscura de cada conciencia, el catalizador que logra que un grupo de escritores veinteañeros de clase media, hambrientos de experiencias, escojan una vida nómada en la que a menudo deben recurrir a la mendicidad para seguir adelante. Una elección que sitúa sus existencias al borde de un constante precipicio.
¿Pero quién es Dean Moriarty, más allá de un joven estadounidense que no conoce otros límites que los dictados por sus propios deseos? Su pasado es oscuro: su infancia transcurrió en varios reformatorios debido a su afición por robar coches, y estuvo marcada por la figura de un padre que llevaba su mismo nombre y que tampoco constituía un ejemplo ético: Dean lo define como “un mendigo”, y sabemos que alguna que otra vez ha estado en la cárcel. Su hijo lo busca durante toda la novela, pero su ausencia prevalece hasta el final del último capítulo, en el que Sal Paradise se pregunta una vez más por su paradero.
Neal Cassady y Jack Kerouac, las personas reales que se ocultaban tras los personajes de Dean Moriarty y Sal Paradise, en 1952
Dean posee una personalidad magnética: su discurso entusiasta, su pasión por la vida, su euforia desatada, son como un virus que se extiende por los corazones de Sal Paradise –Kerouac-, Carlo Marx –Allen Ginsberg- y cualquiera que se cruce en su camino. Su insuperable encanto le hace único también a la hora de seducir mujeres. A lo largo de la novela, se casa tres veces –con Marylou, Camille e Inez- y se enamora apasionadamente en innumerables ocasiones, siempre de un modo inconstante e impulsivo, el mismo que le hace ir pasando de Marylou a Camille, de Camille a Marylou y otra vez a Camille, de Camille a Inez y de Inez a Camille –Marylou queda fuera del juego cuando se casa con otro hombre-, sin decidirse definitivamente por ninguna. Las temporadas en las que logra sentar la cabeza con una determinada mujer, trabajar y llevar una vida más o menos ordenada, se rompen súbitamente cuando siente, de nuevo, la llamada de la carretera, que enseguida contagia a Sal. Este, que se presenta al lector como un muchacho aventurero pero razonable, pierde toda la compostura bajo la influencia de Dean, que es algo así como la parte irracional de su personalidad.
Al comienzo de la novela, Dean es el héroe de toda la pandilla, la que constituiría la llamada “Generación Beat”. Los hombres –entre ellos, Sal Paradise- lo admiran y las mujeres se enamoran a su paso: todos sucumben al hechizo de su encendida personalidad. Sal se esfuerza por seguirlo, por agradarle, busca su atención porque lo idolatra. Poco a poco, va siendo testigo –a la vez que el lector- de la progresiva decadencia de Dean: de sus episodios violentos, sus cada vez más frecuentes arranques de locura, su particular visión del mundo que le acarrea más de un problema con la Justicia… A medida que avanza la historia, los encantos de Dean van perdiendo su efecto en sociedad, donde ya es reconocido casi oficialmente como un pobre loco y a menudo es rechazado por los que antes se llamaran sus amigos. Padece problemas de salud. Solo Sal se mantiene fiel, a pesar de ser consciente de sus debilidades: de idolatrarlo pasa a protegerlo, y es que En el camino es también la evolución de una amistad a lo largo de los años, la de Sal y Dean. Al final de la novela, cuando Sal cae enfermo en México con disentería, Dean lo abandona y regresa solo a Estados Unidos. Es el final de un ciclo.
Neal Cassady -Dean Moriarty- detenido en 1944
Desde la imagen de Dean en el primer capítulo como “un Gene Autry joven […], un héroe con grandes patillas del nevado Oeste” hay una evolución hasta la imagen del último capítulo: “Y el pobre Dean, enfundado en el apolillado abrigo […], se alejó caminando solo”. En este último capítulo, Moriarty emprende un largo viaje del Oeste al Este de Estados Unidos únicamente para reencontrarse con Sal. Pero este ya tiene una vida hecha y no cede, como en otras ocasiones, a la llamada de Dean, que es la llamada de la locura, la llamada de la carretera.
Dean Moriarty es el personaje detrás del cual se esconde Neal Cassady, el benjamín de la Generación Beat que fue, sin embargo, icono e impulsor de toda ella. Cassady, al igual que Moriarty, llevó una vida de excesos y aventuras y falleció joven, a los 41, a causa de una sobredosis de barbitúricos.
Al concluir la obra maestra de Kerouac, he comprendido por qué se trataba del libro favorito de Jim Morrison, mítico líder de The Doors con pretensiones de poeta beatnik. Morrison tampoco fue capaz de vivir una existencia mínimamente ordenada: igual que Moriarty, sentía de cuando en cuando la llamada de la locura, de la carretera. Se enamoraba apasionadamente y él mismo iba enamorando a todo aquel que le escuchaba. No conocía límites, era espontáneo hasta extremos inquietantes y no respetaba ninguna regla. Con el paso de los años, sus excesos lo convirtieron en un alcohólico que era rechazado por los mismos que antes habían bailado a su alrededor. Una persona desequilibrada, temida por sus cada vez más frecuentes raptos de locura y de violencia, digna de compasión. Jim Morrison viajó hacia una decadencia similar a la de Dean/Neal, pero con una muerte más temprana, acaecida a los 27… Jim y Dean, dos estrellas caídas que no supieron conservar su fulgor.
Jim Morrison, detenido en 1963Jim Morrison, detenido en 1970
«Marina Casado, periodista, especialista en Literatura, escritora y, por encima de todo, poeta, ha publicado por fin su primer poemario, «Los despertares», en Ediciones de la Torre, tras haber sido galardonados sus poemas con varios Premios y Menciones Honoríficas durante estos años.
Quizá por ser el primero es su libro más íntimo, más personal, en el que desnuda su alma que sueña, el alma que habita sus sueños y que se asoma a la vida en un despertar múltiple y sucesivo, de ahí el plural del título.
Los despertaresva precedido por una dedicatoria que sorprende: “A mi Mundo-Nube”. Resulta curioso que el objeto de la misma no sea una persona sino un todo intangible que, en el fondo, está encerrado dentro del libro y a la vez contiene una parte del mismo, pues de ese mundo de la autora procede la fuente de inspiración de muchos de sus poemas o incluso algunos de los propios poemas completos.»
Un viento desapacible, embajador del recién inaugurado otoño, soplaba ayer, en medio de la tarde que caía como un manto gris sobre la madrileña Plaza Monumental de Las Ventas. El cielo amenazaba lluvia y las colas para pillar buen sitio en el ruedo se iban espesando a medida que se acercaban las ocho y media, hora en la que se anunciaba la llegada del grupo telonero.
Viejos rockeros, padres “modernos” con camisetas de Leño y canas en el cabello, un mini de birra en la mano, los ojos brillantes de tiempos en los que no eran padres y la melena de Rosendo aún gozaba de su versión technicolor. Y “Nos va a llover, esto va a ser como el concierto de los Rolling del 82; en el 82 también tocó Rosendo, ¿te acuerdas?”. Chavales jóvenes, colocados, que quisieran haber vivido aquellos años en los que estar colocado era casi motivo de orgullo; se empujan, corean el nombre del cantante, se quitan la camiseta en un intento absurdo por desfasar. Más allá hay un chiquito, no debe de tener ni 18, que lleva el mismo peinado que el ex líder de Leño en los setenta. Me llega hasta aquí el olor de porro; pues claro, son los de al lado los que lo están fumando…
Después estamos nosotros, que formamos parte de esa franja de público que no alcanza los veinticinco y adora a Rosendo desde niños, cuando nuestros padres –esos padres que podrían estar ahora con un mini en la mano contemplando expectantes el escenario- pinchaban sus álbumes en el tocadiscos y contaban las aventuras de su juventud con los ojos brillantes. “Esto es el rock, chicos”.
Rodrigo Mercado
Las gradas, que ya se han llenado, comienzan a hacer la ola, porque el telonero lleva ya media hora de retraso y el cielo continúa amenazando lluvia. Y el telonero no es otro que Rodrigo Mercado, hijo de la estrella: un treintañero simpático de pequeños tirabuzones en el cabello, barbita cuidadosamente arreglada y un jersey bonito de mezclilla. Rodrigo no es su padre: no toca la guitarra y se decanta por un ritmo jamaicano destilado, una extraña mezcla de rap y reggae que tiene algo de popero. Rodrigo quiere hacerlo bien y todavía no se puede creer estar teloneando el concierto de su padre en Las Ventas ante 17.000 espectadores. Publicó su primer disco en solitario, Puntualmente demora, el año pasado, y ya está preparando el segundo, aunque hasta ahora sólo ha tocado en bares y pequeñas salas de concierto. Y tal vez la de hoy sea su oportunidad definitiva para abrirse camino en el universo musical.
Se despide Rodrigo y la plaza entera comienza a corear el nombre de su padre, pero todavía falta casi media hora para que este aparezca, con la melena suelta, blanca, agitándose bajo el viento desapacible de finales de septiembre. “Esto es rock, chicos”. Sí, esto es rock carabanchelero, legendario, el rock de “este Madrid” donde “ni las ratas pueden vivir”: aquí están los sueños de tantos chicos de barrio que crecieron fumando porros e invocando la libertad. Rosendo, sesentón, de nariz aguileña y porte desgarbado, sonríe con la boca y con los ojos. Y ahora el viento agita las melenas blancas del Rock mientras de su guitarra comienzan a surgir los primeros acordes de “A dónde va el finado”. En el escenario no le acompañan más que un batería y un bajo, la guitarra ni siquiera tiene arreglos: así es Rosendo, mito del rock, legendario dentro de su sencillez de camiseta negra, lisa, y no necesita más que su guitarra, una batería y un bajo, para hacer vibrar a la Monumental. Porque eso únicamente lo consigue Rosendo.
Rosendo anoche en Las Ventas
No ha olvidado su pasado como líder de Leño y, sentado sobre un taburete homenajea, con el tema instrumental “Se acabó”, a sus antiguos compañeros de la banda, Chiqui Mariscal y Tony Urbano, fallecidos en 2008 y 2014, respectivamente. La emoción del momento culmina con una imagen luminosa donde se puede leer: “Leño, pa’siempre!”. Pa’siempre, que no “para siempre”, porque “esto es rock, chicos”, y si pudiéramos acercarnos y ver los ojos de Rosendo, apuesto a que los encontraríamos muy brillantes.
Homenaje a Tony UrbanoHomenaje a Leño
Los invitados de la noche son un lujo: cabezas visibles del rock duro nacional como El Drogas, líder de Barricada, que impresiona a los asistentes con una actuación afilada en la que sobresalen su vestimenta de viejo pirata y su bastón, que agita sin cesar; o Kutxi Romero, solista de Marea, amenazante su figura cubierta de cuero negro, y también Fito, que se ha aburguesado desde los tiempos de Platero y tú y ahora hace gala de un rock fino bajo su boina sempiterna. Después está Luz Casal, que asombra a la expectación con una ¿peluca? de un azul brillante, y el gran Miguel Ríos, otro astro del rock de los setenta que ya se había retirado hace tiempo, pero que no ha dudado en camuflar sus 70 años bien cumplidos bajo una chupa de cuero y la misma actitud jocosa de siempre. Se mueve con seguridad por el escenario y abraza con familiaridad a su anfitrión, compañero de correrías rockeras por un Madrid que estrenaba democracia; después le dedica, con su acento granadino, una versión muy particular y suya del célebre tema “Agradecido”. Porque todos reconocen a Rosendo como el padre del rock duro en español. Rodrigo también sale a cantar “A remar” con su padre, que lo mira entre orgulloso y emocionado.
Rosendo con Luz CasalRosendo con Kutxi Romero, líder de MareaRosendo con El Drogas, líder de BarricadaRodrigo y Rosendo MercadoFito Cabrales y RosendoMiguel Ríos y Rosendo
Todos lo rodean en un final apoteósico en el que se canta el que probablemente fuera el tema más popular de Leño: “Maneras de vivir”, que hace enloquecer a la multitud. Y Rosendo se va como ha venido, como siempre será: loco por incordiar, disparando pan de higo y denunciando, de nuevo, la vergüenza torera que debería sentir de sí misma la clase política española. Navegando a muerte. Dejando que el viento sobresalte su cabellera blanca, envuelto en un humo de porros y voces de rockeros de varias generaciones que corean su nombre con devoción.
Rosendo y sus invitados anoche en Las Ventas
Al final aguantó el cielo, y no comenzó a sacudir sus lágrimas de lluvia hasta que Rosendo y los demás se despidieron. Al salir de la Monumental, nos esperaba la noche desapacible de un otoño que quiere llegar para quedarse, pero yo me marchaba con la confianza de haber vivido un evento memorable, la grabación en directo de un disco de Rosendo en su gira “Vergüenza torera”, y pienso que, tal vez dentro de unos años, podré ponérselo a los niños del momento y decirles: “Esto es rock, chicos, y yo estuve allí”.