No había comenzado a deshacer la maleta cuando volvió a escucharse el piano, reproduciendo obsesivamente aquella obra de Tchaikovsky. Como en el pasado, una inexplicable sensación de pavor se extendía por la soledad del dormitorio, y no resistí el impulso de salir de allí.
[…] Subí los crujientes peldaños de madera con pasos firmes, cada vez más rápidos. Reinaba una soledad en la mansión que parecía imposible, contribuyendo a crear un universo atemporal alrededor mío. Resonaban mis pisadas por la escalera, y pronto comencé a oír mi propia respiración acelerada. Me pareció que aquel momento ya lo había vivido antes. Por eso, cuando llegué al descansillo del segundo piso, un relámpago de inspiración cruzó mi memoria, y dirigí la mirada hacia la pared.
Allí permanecía el retrato de Irene Valls, con su perfecto rostro de porcelana y aquella expresión dulce y lejana a un tiempo. Mirarlo me exigía un gran esfuerzo, porque el antiguo miedo no había desaparecido del todo. Más que miedo, se trataba de una sensación indescriptible, a medio camino entre la fascinación y el terror. La misma sensación que puede producir la contemplación –por vez primera- de un cadáver.
Me hallaba tan ensimismado estudiando aquellas facciones del pasado que ni siquiera me di cuenta de que el piano hacía rato que había dejado de sonar. Por eso, cuando un leve crujido resonó muy cerca de mí, el alma me dio un vuelco, y a punto estuve de gritar.
Lo primero con lo qué choqué fueron aquellos ojos. Después reparé en los largos bucles rubios, en la palidez de su piel de cristal y la suave curva que dibujaban sus labios rosados.
-¿Iris?
Aunque no respondió, resultaba evidente que era ella. Iris, vestida con una blusa y una falda de estampado rosa y crema cubriendo la larga silueta de sus piernas. Iris, que olía a jabón y a niebla. Inevitablemente, mi mirada quedó de nuevo atrapada por sus ojos. Y entonces descubrí que el azul de Barcelona, aquel azul que descubrí la primera vez que pisé la ciudad, no había desaparecido. Se hallaba todo allí mismo, encerrado en los ojos de Iris.
(Este texto pertenece a un fragmento del primer capítulo de mi novela inédita El secreto de Iris)
Mañana iremos a Navidazonia. Navidazonia es una feria de Navidad. Hay muchas cosas: Papás Noeles que dan caramelos, cabalgatas de Reyes que no paran de pasar… Lo bueno es que, aunque en el resto de sitio ya se haya terminado la Navidad, en Navidazonia siempre sigue estando.
Sin más, se despide tu amiga:
Marina
C/ San Gatos de Dueño, nº. 2, piso 1ºB. CP 28076, Gatoburgo.
Encontré esta «carta» en un viejo cuadernillo esta mañana, mientras me lamentaba de que hoy fuera Nochebuena. Una oleada de ilusión que guardaban las páginas marchitas me hizo estornudar y después sonreír -la ilusión antigua es peor que el polvo… Me invadieron unas ganas terribles de regresar a mi antigua residencia, situada en «Gatoburgo» y, más concretamente en aquella calle de «San Gatos de Dueño» en la que también se erigía la Mascotería del Miau-Miau.
Navidades del 96
Vivía allí cuando mi hermano pequeño se empeñaba llamarse como el Power Ranger Azul, y cuando yo ignoraba que su nombre, Willy, no se escribía con «gu-» -y, encima, sin diéresis-. En aquellos tiempos, la Navidad era la mejor que podía pasarte a lo largo del año -por encima, incluso, de los cumples-, por eso empezaba a poner villancicos desde septiembre -para desgracia de los que me rodeaban-, adelantándome incluso a El Corte Inglés. Pero al igual que las Navidades resultaban maravillosas, la tortura más elevada de cuantas se pudieran imaginar era cuando, unos días después de Reyes, había que quitar el decorado navideño. En mi casa, siempre lo retrasábamos lo más posible, hasta que nuestro abeto se convertía en el elemento absurdo del vecindario. Para mí, constituía un drama el fin de las Navidades.
Por eso inventé Navidazonia: un parque temático donde todo el año era Navidad. Para crearlo, confieso que me inspiré en la «Isla de los Juegos» de la película Pinochode Walt Disney, aquella isla a la que los niños malos eran conducidos por un zorro llamado «El Honrado Juan» y, después de divertirse y de comer cuantas golosinas desearan durante toda una tarde, acababan convertidos en burros. Navidazonia lo imaginaba de ese estilo, pero más nevado y con atracciones navideñas. Incluso la figura de «los Papás Noeles que regalaban caramelos» surgían en mi mente a partir de las enormes estatuas de indios de madera que repartían puros a los niños diciendo: «Aquí se fuma… ¡fumen hasta empacharse!»
Fotograma de la película Pinocho (1940), de Walt Disney
Qué mecanismos más extraños y retorcidos posee la imaginación infantil. Cómo echo de menos la ausencia de futuro que me embargaba, la felicidad al alcance de un acción tan poco trascendental como poner el Árbol de Navidad.
Casi veinte años después, un sentimiento de melancolía decadente me invade cuando pienso que hoy es Nochebuena. Ya no escucho villancicos, sino canciones desasosegantes de Jim Morrison. Temo encender la tele para verme asaltada por todas esas películas de finales felices y reuniones familiares bajo los ojos del bueno de «Santa». De amores que siempre llaman a la puerta el 25 de diciembre, de vidas que se arreglan y sorpresas inesperadas.
Y me parece que la tristeza es una especie de ermitaña en esta época, lo cual me hace sentirme aún más lejos. La Navidad son fiestas para disfrutar en la infancia. Después, se convierten en caldo de cultivo para la nostalgia de los días y de las personas que ya no te acompañan. Como diría Morrison: «todo está roto y baila».
Voy a pedirle al Papá Noel que nunca viene a mi casa un pasaje sin retorno a Navidazonia. Mientras lo espero, os deseo una feliz noche y me despido de la mano de Lennon…
Diciembre llega de puntillas, se detiene, contempla el horizonte con su sonrisa nevada. Vuelve, se queda para siempre, amenaza con marcharse. La presencia de las estrellas allá en el firmamento me confirma lo que sospechaba: que nada es de verdad en este diciembre que se difumina. Entonces, en ese mismo instante, comprendo que quiero escribir sobre una mentira. Una mentira con posos de fuego, con ojos de estrella: una mentira que, cuando la mire, no sepa si realmente existe o se extinguió hace millones de años y lo que de ella queda no es más que el recuerdo de su luz.
Hay mentiras de estrella y personas de mentira, y hay estrellas que nos recuerdan a algunas personas, a causa siempre de su luz. Hay luces mucho más fuertes que la verdad, que nos hacen sangrar como un cuchillo en llamas cuando se apagan y que, paradójicamente, necesitamos para no morir en vida. Las llamamos ilusiones.
(La Navidad, en Madrid, está cuajada de luces; algunas incluso son de verdad…)
Hoy Rafael Alberti, pintor de poemas de la Generación del 27, habría cumplido 111 años. Murió junto a su mar gaditano, el mismo que llevó consigo siempre en el azul de sus ojos. Fue en octubre de 1999, cuando yo tenía diez años y él, los cabellos coloreados por el pincel del Tiempo. Alberti siempre pensó que cumpliría los 100, pero le faltaron tres años. Tres años y dos meses…
Últimamente, he escuchado demasiadas veces decir que Alberti no fue tan poeta como otros de su generación: Lorca, Cernuda, Aleixandre… Me sigue chocando, y no se corresponde esta imagen con la que tenía de él cuando era pequeña. Recuerdo a mi padre leyéndome poemas de aquella antología titulada Rafael Alberti para niños, de Ediciones de la Torre. Palomas, mares y cielos se sucedían en sus versos. Mi padre también me contaba, con orgullo, cómo una vez le escuchó recitar en Parquesur. Alberti era entonces una especie de dios viviente de la literatura. Alberti era, junto a Lorca, el Poeta.
En el mundo literario, las modas pesan demasiado. Por ejemplo, antes de 2002, año en que se celebró el centenario del nacimiento de Luis Cernuda, este era considerado un segundón dentro del marco de la Generación del 27 –me refiero a la crítica en general, no a los poetas; evidentes resultan las influencias que Cernuda produjo en la Generación del 50-. Desde entonces, la valoración de Cernuda fue in crescendo hasta llegar a la situación actual, en la que algunos críticos le consideran como el mejor poeta de su generación.
Con Rafael Alberti ha ocurrido al contrario. Pasó de ser una figura popular durante la Transición a una especie de huella literaria de un pasado cercano. Ahora, queda muy moderno decir: “yo no leo a Alberti”, “no me gusta Alberti, creo que tuvo su momento”, “Alberti me resulta muy simple”. Ellos, por supuesto, se inclinan por voces más “complejas” como la de Aleixandre –aunque a veces me pregunto si muchos realmente son capaces de desentrañar sus versos…-. ¿El poeta de la calle? Tampoco: para eso ya tenemos a Miguel Hernández –que, tristemente, parece más reconocido en nuestra sociedad por su perfil de “poeta-cabrero” que por su poesía en sí-. Al hablar de Alberti, indefectiblemente, la gente alude a su compromiso político, al hecho de que militara en el Partido Comunista: gran parte lo considera un punto negativo. Efectivamente, durante la Guerra Civil, Alberti tuvo una etapa de poesía social, furibunda e incendiaria, como no la tuvo, por ejemplo, Cernuda. Pero no solo existe la poesía social en su obra: Alberti es, de hecho, uno de los poetas más aventureros respecto a corrientes y escuelas. Lo ha experimentado casi todo.
Rafael Alberti junto a Dolores Ibárruri, «La Pasionaria», como diputado del PC por Cádiz en las primeras Cortes democráticas españolas desde la Transición, en 1977
Que Alberti militara en el PC o participara en mítines políticos no le resta o le suma calidad a su literatura. Ha habido muchos poetas en la Historia que no han ocultado su ideología, y que incluso han utilizado la poesía como medio para alcanzar sus metas políticas. Me refiero, por ejemplo, a cuando André Breton quiso convertir el surrealismo en la expresión lírica del comunismo. ¿Y quién, hoy en día, no reconoce la trascendencia de Breton en la literatura del siglo XX? A Alberti, sin embargo, su compromiso político le sirvió para no ganar el Nobel.
Porque, no nos engañemos: no le concedieron el Nobel debido a que, en plena Transición, resultaba mucho más políticamente correcto dárselo a Aleixandre, que no se había decantado públicamente por ninguna ideología en concreto. Y con esto, no quiero decir que Aleixandre no se lo mereciera, simplemente explico por qué no se lo dieron a Alberti. Pero es ofrecer este argumento y que los cuatro eruditos de turno te digan que, claro, que Marinero en tierra no se puede comparar, por ejemplo, con La destrucción o el amor.
¿De verdad vamos a juzgar la obra de un poeta como Alberti por un libro como Marinero en tierra? Alberti es mucho más que Marinero en tierra, y se debe mirar ese libro en el contexto de la época en que se publicó, cuando se puso de moda el neopopularismo. A pesar de no ser su mejor poemario, contiene imágenes muy plásticas que ya adelantan lo que vendría después. Sin embargo, recuerdo que cada vez que salía en clase el nombre de Alberti, automáticamente se asociaba a Marinero en tierra. Quizá los profesores de Lengua y Literatura deberían saltarse el canon y buscar la forma más efectiva de que la poesía de Alberti llegue de verdad a los alumnos. A partir de mi fugaz –pero intensa- experiencia como profesora en un instituto público de Madrid, puedo afirmar que los adolescentes se sienten mucho más atraídos por un poema como “Buster Keaton busca por el bosque a su novia, que es una verdadera vaca”, que por aquel otro tan conocido que comienza así: “El mar. La mar. / El mar. ¡Sólo la mar! / ¿Por qué me trajiste, padre, / a la ciudad?”
Rafael Alberti junto a Manuel Altolaguirre y José Bergamín (abajo) durante la Guerra Civil española
Confieso que mi primera intención era hacer la tesis sobre Cernuda. Si me acabé decantando por Alberti fue porque era consciente de esta situación: de la necesidad de revitalizar los estudios sobre su obra y su persona, de devolverle su lugar en la historia de la Literatura. Realmente, creo que los investigadores actuales tenemos una deuda con Rafael: el más plástico de los poetas de su tiempo, el que buscó por el cielo a Miss X y se vio invadido por un alud de ángeles equivocados, el que le dedicó el más entrañable y estúpido poema de todos cuantos le hayan dedicado a Charlot. Quien después levantó el puño y cantó para el pueblo, se exilió y logró que su voz alcanzara España y resonara por los campos, por los mares andaluces, que removiera las conciencias de los poetas que no veían más allá de sus propias miradas. El mismo Alberti que puso palabras a los colores y me hizo temblar con un solo verso: “Me enveneno de azules Tintoretto”.
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También lo elegí para mi doctorado porque me siento próxima a él, de alguna forma. Al fin y al cabo, es el único poeta de la Generación del 27 cuya existencia coincidió, aunque fuera unos pocos años, con la mía. Y comparto su amor por Cádiz, por los azules y blancos gaditanos. Lo contemplo en la distancia de los años con nostalgia –una “nostalgia inseparable”, tan suya- y me reafirmo: es necesario que devolvamos a este inmenso poeta el lugar que le corresponde.
NOTA PREVIA: Escribí este texto hace dos semanas, durante mi viaje en AVE a Barcelona, pero lo publico ahora debido a mi escasez de tiempo a causa de asuntos marinísticos y no marinísticos que me mantienen ocupada -por no decir estresada…-.
Tren AVE
Últimamente, he realizado trayectos largos en tren, por lo que empiezo a considerarme gran conocedora del universo que se desarrolla en ellos. Hoy me siento generosa, aburrida y con tres horas de recorrido por delante -además de un portátil a mano-, así que he decidido profundizar en el maravilloso mundo de los viajes en tren. Comenzaremos por unos consejos prácticos para novatos:
CONSEJOS PRÁCTICOS:
Entrar en el coche correcto: Un billete de tren no es como una entrada de cine, de las que vienen “no numeradas”. El billete incluye hora de salida y llegada, procedencia y destino y… número de coche y de asiento. El número de coche es lo que más nos interesa, porque algunos trenes se separan en un determinado punto del recorrido y cada coche se va por un camino distinto, puesto que tienen destinos diferentes. Aunque el revisor suele estar al tanto, recuerdo una ocasión en la que una chica que se dirigía a Hendaya acabó en Bilbao, por entrar en el coche equivocado. Así que, ya sabéis, poned especial cuidado en este punto, a no ser que tengáis un espíritu aventurero, a lo Willy Fog…
La Guerra de la Ventana: Este consejo es primordial. Cuando tengáis vuestro billete, mirad atentamente el número de asiento. Consta de un número y una letra que puede ser a, b, c o d. La letra es la clave. Los afortunados que posean la b o la d son aquellos que tendrán derecho divino a sentarse en el lado de la ventanilla. Pero, ¡ay! Las cosas no son tan sencillas. Las malas lenguas cuentan que ya se están poniendo en marcha estudios psicológicos para analizar la misteriosa fascinación que la ventanilla de trenes, aviones, ect., produce en el ser humano. Los expertos han comenzado a hablar del “Gen Ventanilla”, que desencadena una reacción violenta al entrar en contacto con la ventanilla de un medio de transporte. Se trata de un efecto similar al acaecido en el primer día de rebajas, y que puede llegar a generar los mismos niveles de violencia. Tradicionalmente, se ha pensado que eran los niños los únicos portadores del “Gen Ventanilla”, pero los últimos estudios revelan que hay un perfil de portador mucho más peligroso, que incluye a individuos femeninos que clasificaremos como “Urracas Ventanilleras”. Estudiaremos este perfil con más detenimiento en el apartado de FAUNA, pero ahora quedémonos con un consejo muy práctico: si te ha tocado asiento con ventanilla, llega al tren lo más pronto que puedas o una Urraca Ventanillera habrá ocupado tu lugar.
La Odisea de la Maleta: En casi todos los trenes hay dos lugares para colocar la maleta. Uno corresponde a unos estantes cercanos al techo, que quedan por encima de los asientos. En cualquier viaje de tren, existe una máxima que no puede ignorarse: llegues a la hora que llegues, esté el tren más o menos lleno, los estantes del techo estarán SIEMPRE ocupados. Nadie ha logrado explicarse el porqué. Se ha llegado a hablar de fenómenos paranormales relacionados con objetos animados que de noche ocupan esos lugares, aunque las justificaciones más lógicas apuntan a que, tal vez, sean los propios empleados los que, para hacer la gracia, se encargan de llenar los estantes antes de que suban los pasajeros.
El segundo lugar para dejar la maleta corresponde a unas estanterías a la entrada de cada vagón, que se alzan desde el suelo y tienen varias alturas. El problema que generan es que, si tu maleta pesa mucho, habrás de encontrar un Filántropo Maletista -figura que estudiaremos en el apartado de FAUNA- si no deseas morir en el intento de colocar la maleta. Sea como sea, el caso es que, al término del viaje, tu maleta estará caída, al contrario que las que le rodean. Los expertos marinísticos han llamado a este fenómeno “Conspiración Maletil Espontánea”.
La Película o Ruleta Rusa: Bien es sabido que en cada viaje, Renfe te ofrece la posibilidad de visionar una película que se proyecta durante el recorrido. Para ello, te regala unos cascos con funda morada, que duran, con suerte, una puesta. Lo natural es que, aunque no vaya a ver la película, el pasajero acepte los cascos y se los guarde -”a caballo regalado, no le mires el diente”-, y es así como, en algún momento de nuestras vidas, todos nos encontramos en casa un auténtico almacén de cascos de Renfe -que, desde que les han añadido la cajita morada, parecen más serios.
En cuanto a la película… Recomiendo prudencia. La suelen anunciar al comienzo del viaje. Si te decides a verla, puedes tener suerte y conseguir un viaje rápido y entretenido a causa de un buen título, pero también puede ocurrir lo contrario, y un filme como el que ahora mismo están poniendo en mi tren, Croocs, puede acabar hundiéndote para todo el día (estudios marinísticos han demostrado que, a pesar de que una película de tren sea MALA, una vez comenzada, no dejarás de verla). Por eso, popularmente se conoce este fenómeno como “La Ruleta Rusa”.
Interior de un tren de Renfe
FAUNA DEL TREN
A continuación expongo los perfiles más clásicos, pero pueden existir otros menos comunes e incluso es posible que se produzca una mezcla entre dos de los tipos.
Urraca Ventanillera: Rápidas, estratégicas, letales. Al igual que las urracas comunes roban nidos, las Ventanilleras tienen como objetivo a corto plazo sentarse junto a la ventanilla que, por derecho divino y billetístico, te correspondería a ti. Para ello utilizan varias estrategias. La más clásica es llegar antes que tú, para que, cuando te encuentres frente a la pareja de asientos, debas enfrentarte a ella para señalarle que ese es TU sitio. Para evitar que lo hagas, pondrán cara de perdonarte la vida o, al contrario, una bondadosa e inocente sonrisa. Si a pesar de ello decides seguir adelante, la Urraca Ventanillera usará su última arma: apelar a tu compasión: “Ay, maja, ¿te da igual dejarme este sitio? Que yo me mareo…”. En este caso, te puedes considerar vencido, y desear fervientemente que, al menos, la suerte esté de tu parte y la Urraca se baje en una de las próximas estaciones.
Filántropo Maletista: Una figura, esta vez, positiva. Se trata del individuo que, de forma desinteresada, te ayudará a colocar tu maleta en la estantería que hay a la entrada de cada vagón y, después, una vez cumplida su tarea, se marchará. Lo más seguro es que no vuelvas a encontrarte con él en todo el viaje, a excepción de que, al bajar, vuelvas a necesitar ayuda para coger tu maleta. En tal caso, el Filántropo Maletista volverá a hacer acto de presencia para ayudarte y, después, esta vez sí, se marchará para siempre.
La Grulla Narradora: Se trata de una de las criaturas más temibles de estos lugares. Su peligrosidad es directamente proporcional al tiempo del viaje. Si te ha tocado sentarte al lado de una Grulla Narradora, la reconocerás, en primer lugar, porque tienen el inofensivo aspecto de una señora de mediana edad en adelante, bondadosa, sonriente, alegre. No te fíes. Detrás de esta fachada se esconde un ser capaz de torturarte sin piedad. Por lo general, usarán un cebo: el más común es sacar una bolsa y ofrecerte galletitas, sandwiches o caramelos. “Qué maja, la señora”, pensarás, mientras aceptas la golosina. En ese instante, te habrás convertido en su presa. El siguiente comentario por su parte será banal, cortés, pero en los siguientes minutos, te hallarás envuelto en la laberíntica historia de su familia: hijos, nueras, yernos, nietos que sacan buenas notas, marido… Las narraciones podrán alcanzar el momento de la boda de la propia Grulla o incluso remontarse tiempo atrás, de modo que te capacitarán para escribir una versión contemporánea de los Cien años de soledad. Ante la Grulla Narradora, solo hay una escapatoria posible: hacerse el dormido. Esta estrategia las incapacita de modo inmediato…
Los Verduleros: Figura que puede resultar trágica o cómica, dependiendo de las condiciones del viaje y de tu mayor o menor grado de aburrimiento. El arma de un Verdulero es el teléfono móvil, y lo utilizará para hablar por él durante la mayor parte del recorrido -a voces, sin ningún tipo de pudor-. No esperéis conversaciones trascendentales: tratarán sobre las notas del cole de la niña, sobre que Pepe tiene que hacer la compra después de ir a buscarla, “Mamá, ya estamos llegando” o lo mala que es la novia, que le ha dejado por liarse con otra… A veces, una conversación verdulera puede ser digna sustituta de la Película / Ruleta Rusa. En otras ocasiones, puede hacerte perder los nervios. Para este segundo caso, recomiendo tener un reproductor de música a mano,
Ejecutivo Agresivo: Trajeado, Blackberry en mano, tablet u ordenador portátil: todo por si nos había quedado alguna duda de que iba en viaje de negocios. Se mueven con soltura por el tren, demostrándonos que lo consideran casi un hábitat autóctono. Suelen ser inofensivos, a no ser que la conversación por Blackberry con el jefe o el empleado de turno se alargue más de lo necesario.
Chinos: Van en grupo, llevan siempre una cámara con la que fotografiarán incluso las instrucciones de cómo salir del tren en caso de emergencia…
El Durmiente: Se trata de la mejor opción de acompañante. En la mayoría de los casos, el Durmiente portará un reproductor de música con cascos. Tardará de diez a quince minutos en quedarse dormido, resultando una bendición para quien tenga la suerte de haberse sentado a su lado. La beatitud del Durmiente solo puede corromperse cuando es aficionado a echar hacia atrás el respaldo de su asiento, haciéndole la vida imposible al pasajero de detrás…
El Friki: Un ejemplo es quien esto escribe. Se nos distingue por la expresión de aburrimiento y por llevar un ordenador portátil o tablet con el que tratar de combatirlo. Somos inofensivos y, además, incrementamos nuestra capacidad creativa con estas disquisiciones…
Estación de Barcelona-Sants
NOTA FINAL: Como os decía, escribí este texto de camino a Barcelona, ciudad de Piccasso, de Gaudí y de José Agustín Goytisolo, escenario de todas esas novelitas de Zafón que igual que nos fascinaron, pasaron a aburrirnos al descubrir que todas contenían la misma historia, pero con distintos títulos.
Aunque la ciudad, lo que es la ciudad, la vi poco, porque me absorbió el Congreso sobre Exilios republicanos celebrado en la Universidad Autónoma de Barcelona, en el cual participé con una ponencia sobre Rafa. Rafa Alberti, ya sabéis…