La Guardarraya, revista literaria

Mis lectores más fieles podrán sorprenderse: ¡vuelvo a escribir tras dos meses de abandono! Lo cierto es que, como algunos sabrán, se convocan oposiciones de Secundaria en 2018 y aquí estoy, un año más, llevando una vida ascética, muy a lo Fray Luis de León: estudio, meditación sobre lo estudiado, fortaleza y acopio de sabiduría. Y así hasta mediados de junio. No obstante, trataré de pasarme por aquí de cuando en cuando, para que mi página no sea absorbida por el universo de nodos y enlaces que constituye el vivisistema de Internet. Además, sucesos muy interesantes, en el terreno literario, están por llegar, y habré de tratarlos.

El caso es que he regresado con buenas noticias: mi participación en el segundo número de La Guardarraya, una nueva revista literaria digital que se edita en Barcelona, dirigida por el escritor salvadoreño Carlos Ernesto García. Tanto los contenidos como la edición son una auténtica maravilla. Y su labor de visibilizar a poetas actuales del ámbito español e hispanoamericano es verdaderamente loable. Por ello, me siento muy honrada de figurar entre los autores de este número.

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Homenaje bardo a la Generación del 27 en su 90º aniversario

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De izquierda a derecha: Alberto Guerra, Andrés París, Marina Casado, Eric Sanabria, José María G. de la Torre, J.L. Arnáiz, Débora Alcaide y Alberto Guirao

El 16 de diciembre de 1927, se celebró en Sevilla un homenaje por el tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora. Los poetas que participaron en el acto y otros tantos que no estaban allí formaron la llamada Generación del 27. Aquel día, se tomó la famosa foto, la más conocida del 27.

Noventa años más tarde, los Bardos los homenajeamos a ellos en la vinoteca Xelavid, recitando sus poemas y otros escritos por nosotros. Resucitaron las voces de Gerardo Diego, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Concha Méndez, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, que ese día hubiera cumplido 115 años. Como él mismo dijo: «No es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo encerrado, su canto asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres».

Viva el 27.

Luis Cernuda nunca fue viejo

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Cernuda en su infancia, en su juventud y en su madurez

Hoy Luis Cernuda habría cumplido 115 años. Lo cierto es que se me hace muy difícil imaginarlo con esa edad, tal vez porque él nunca fue una persona hecha para la vejez. Nadie lo es, podrán argumentar algunos. Pero no todos lo asumimos igual. En el otro extremo se encontraba Alberti, que quería vivir más de cien años y profundizar en el nuevo siglo. Al final, se quedó a las puertas.

Cernuda era distinto. Le angustiaba el paso del tiempo y, sobre todo, las huellas que este dejaba en su cuerpo. Para él, eterno adorador de la belleza física, los signos de la edad debían de constituir un trauma. En su madurez, seguía enamorándose de muchachos jóvenes, casi adolescentes, aunque estos enamoramientos jamás pasaban del plano platónico, porque se sentía indigno de ellos a causa de su edad.

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Cernuda a los sesenta

Nunca llegó a ser viejo. Murió de un infarto en 1963, con 61 años recién cumplidos. Murió como vivió: melancólico, escéptico hacia la humanidad y enamorado de la belleza en todas sus formas. No llegó a ser viejo; sin embargo, se sintió viejo. De hecho, tuvo mentalidad de anciano desde muy pronto; desde los 40 años, cuando miraba el cielo gris de Londres y contemplaba con languidez la aparición de sus primeras canas. Incluso desde mucho antes: desde 1931, cuando escribió aquello de “Estoy cansado de estar vivo”. Sorprende que un joven que en ese momento rozaba la treintena pudiera realizar tamaña confesión. Pero si nos remontamos unos años antes, a su libro de 1927 Perfil del aire, podemos ya encontrar esta disposición de ánimo en versos como “Postrada y fiel huye la edad mudable”. No había cumplido los 25 en el momento de escribirlos y, no obstante, vivía sometido a la congoja de imaginar el fin de la juventud.

A los veintitantos, se enamoró —de nuevo, platónicamente— de Lafcadio Wluiki, el personaje de una obra de André Gide, Les caves du Vatican. Era “Cadio” un adolescente impetuoso, asilvestrado, rebelde, consciente de su descarnada juventud: el prototipo de un Rimbaud descarado y brillante. Cernuda escribió su magnífica “Carta a Lafcadio Wluiki”, donde leemos:

La realidad no es nunca lo suficientemente amplia y diversa para que ella nos baste por sí sola. Es necesario ese margen misterioso, de vagas luces y vagas sombras, delicado, exigente y voraz, que la imaginación proporciona. […]
No será exagerado decir que ese libro satisfizo, en tanto que libro, mi demanda. Un libro. Qué extraño e íntimo hallazgo; parecía esperarlo. Y en ese libro el personaje más fascinador, uno de los personajes más fascinadores que conozco […]
¿Será oportuno añadir que lo he buscado vanamente por esta realidad? Mi mayor deseo sería verle.
Si solo eres héroe de poética verdad […], ¿por qué te busco así, materialmente? Tal vez deseo de confiarse a un semejante, tal vez necesidad de incoherencia; yo nada sé. […]
Pronto te estimé como a ningún amigo.

De aquella fascinación nacieron algunos de los personajes que habitan sus poemas y sus obras prosísticas, como es el caso de Aire, el desafortunado protagonista de su relato “El indolente”, a quien describe de este modo:

Entonces surgió una aparición. Al menos por tal la tuve, porque no parecía criatura de las que vemos a diario, sino emanación o encarnación viva de la tierra que yo estaba contemplando.
Aquella criatura, fuese quien fuese, saltando desnuda entre las peñas, con agilidad de elemento y no de persona humana, se fue acercando poco a poco. Así conocí a Aire.
[…] Había en su pelo esas vetas más claras de la concha llamada carey, tonalidad que denota larga familiaridad con el mar. Su cuerpo me apareció aquella mañana sobre el cielo, fino, resistente y esbelto, tal modelado por las olas, que entienden de eso como escultor ninguno ha habido en la tierra.

A lo largo de toda su vida, su obra, Cernuda buscó a ese ideal rimbaudiano deslumbrante, libre y poseedor de la belleza en el sentido más clásico del término. Tal vez porque esa libertad contrastaba con sus propias limitaciones: su timidez y sus dificultades en el trato social.

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Cernuda siempre buscó el ideal rimbaudiano

Pero, además de su afición a la belleza, ¿cuál es el otro origen de su terror ante el paso del tiempo? En un artículo que escribí hace años acerca del concepto de la adolescencia en Cernuda, cité una confesión del propio poeta, puesta en boca en uno de los personajes de su obra Una comedia inacabada y sin título. Decía “Soy el eterno adolescente”. No se trata de la única ocasión en la que expresa algo parecido. Leemos en sus diarios: “Tonto, imbécil, loco incurable, niño imposible; Luis, no tienes compostura”.

El eterno adolescente, el niño imposible. Los cambios de humor, las célebres “rabietas” cernudianas, avalarían estas confesiones. Me atrevería a afirmar que Cernuda temía la vejez porque, en su interior, se sentía asaeteado aún por las tormentas de la adolescencia. Él, más que otros, no estaba preparado para ser viejo. No lo hubiera sido ni con 100 años, o tal vez lo fue desde siempre, porque la vejez y la juventud son dimensiones que también viajan en el corazón. Porque Alberti, con 80 años, tenía más vitalidad que él con 20.

Probablemente, no le hubiera gustado que homenajeara el 115º aniversario de su nacimiento. “¿Tanto tiempo ha pasado ya?”, me diría, airado. Pero yo siempre lo recordaré como aquel joven que contemplaba, tácito y melancólico, el paso de los días y de los sueños.

«Las gramáticas del tiempo», de Fco. Javier Gallego Dueñas

img_74396La gran incógnita del tiempo, que se dilata y se reduce, que vuela o se detiene, ha preocupado al ser humano desde que tenemos conciencia. Los poetas, pensadores extremistas, soñadores inconclusos, han tratado de analizarlo en sus versos. Se asombraba Cernuda, en Desolación de la Quimera, de la supervivencia de su propio deseo cuando ya la edad había hecho mella en su cuerpo. Años más tarde, Gil de Biedma empezó a comprender aquello de que “la vida iba en serio”.

También la poesía contemporánea profundiza en el tema, a pesar de que gran parte de lo que hoy se escribe no pueda calificarse como “poesía” y esté muy lejos de toda profundización. No es el caso del roteño Francisco Javier Gallego Dueñas, que acaba de dar a luz un primer poemario en el que se adentra por los misteriosos y paradójicamente familiares vaivenes del tiempo en una vida cotidiana. Las gramáticas del tiempo, publicado por la nueva y prometedora editorial gaditana Takara, en su colección “Helena”, constituye un refugio contra el tiempo, elaborado de tiempo. Como afirma acertadamente Mercedes Márquez Bernal en el prólogo: “Los días y sus placeres cotidianos nos salvan de un amplio océano donde nos perdemos”.

Comienza la obra con un ejemplo de metapoesía en la que el autor muestra abiertamente sus cartas, implicándose en la escritura hasta el punto de hacerla sangre: “En el poema, / las palabras, los ritmos, / las imágenes van y vienen. / Tú pones la piel”. No es Gallego un poeta que contemple sus propios versos desde la distancia, como la superficie de un mar tranquilo y sosegado presentido desde la orilla. No; entre las olas de palabras, metáforas y luces, nada el poeta. Se ahoga el poeta. Es esta implicación, este compromiso, lo que también compromete o absorbe al lector, que hace suyas las experiencias.

A esta identificación también contribuye el hecho de que dichas experiencias se mueven en la cotidianidad: en la vida apacible de una persona corriente que, en numerosas ocasiones, vuelve la vista atrás con sorpresa por los años transcurridos. El poeta fluye por un túnel de años y, al detenerse, ocasionalmente se angustia: “la sombría sospecha de un pasado, / la inconfundible acidez / que el tiempo deja como un poso”. En estos momentos considera el hecho de cumplir años “la condena”.

En su mirada angustiada, es consciente de que carga con el peso de toda la humanidad: “Todos tus antepasados pesan / y eres heredero de todos sus pecados”.

Desde una perspectiva madura, contempla la juventud —estación pasada— con indulgencia, subrayando su indiferencia hacia los tiempos pretéritos: “La juventud, a veces, solo aspira / a que el mundo aparezca como nuevo”. Los jóvenes no cargan aún con el peso de la angustia, no son conscientes de ese pecado compartido que sus ascendentes les han brindado. Hay algo grande y magnánimo, humano y valioso, en el envejecimiento, una idea que refleja en “[La persistente impertienencia de los objetos…]”. La necesidad de recordar los orígenes —que la juventud no acaba de comprender— genera un compromiso vital que se mezcla con el compromiso social y político: la lírica como “combate”, la metáfora como “acto de traición”, el verso como “desobediencia”.

También vuelve la mirada hacia delante, hacia sus descendientes, que él llama “su legado”. Proyecta una presentida continuidad —“y seguirán las amapolas brotando entre las zarzas”— que recuerda a aquellos versos juanramonianos de “El viaje definitivo”: “Y yo me iré. / Y se quedarán los pájaros cantando”. Tal vez con afable pesimismo, afirma: “Sospechamos entonces que se malgastarán / nuestros ínfimos recursos, / pero perdurarán nuestros defectos”.

La ocasional angustia originada por el paso de los años encuentra un final en el amor, que fluye a lo largo de las experiencias cotidianas reflejadas y acompaña al poeta en toda la obra. El amor es la salvación del mundo, la parálisis del tiempo, como queda reflejado en “Los placeres y los días”: “cuando tú y yo sólo éramos tú y yo / y el mundo podía desaparecer tras la ventana”.

Unida al amor, la filosofía de Heráclito —al que menciona en “La memoria del río”— sobrevuela la obra y es la que borra toda angustia al permitir vivir al poeta, día tras día, un nuevo amanecer, un nuevo enamoramiento: “Celebrar que cada roce de la piel / es el primer roce de mi piel con la tuya”, “seremos nuevos amantes cada día”.

Implícitamente, es posible percibir también la huella de Ángel González, en su manera de elevar lo cotidiano —rasgo compartido por toda la Generación del 50— a una experiencia única, sacralizada. En “Los placeres y los días” y “Rendirme al pecado de tu boca”, el poeta traza una suerte de geografía de la mujer —“la arena cálida de tu piel”, “el estanque de tus ojos”— que puede hallarse en González. Con él comparte también la conciencia de esa herencia depositada en sí mismo por sus ancestros, tan importante en el célebre poema “Para que yo me llame Ángel González”.

Continuando con las referencias, es posible encontrar el espíritu de “A un olmo seco”, de Machado, en “El árbol”; pero el poeta nos ofrece un final feliz, una esperanza victoriosa en la que el árbol sí revive: “Recordarás aquel invierno que parecía / que no iban a salir las flores, / parecía que estaba muerto, / y las flores salieron”. También surge Bécquer, más explícitamente: “los suspiros que son aire y van al aire”, y el mito griego de Edipo: “Sólo soy el padre al que matar”.

La tradición, como vemos, está presente en Las gramáticas del tiempo, pero el poeta no se ancla en el pasado y la combina con las realidades del presente, logrando genialidades como “La intimidad del Whatsapp”, en la que traslada la famosa aplicación a un plano romántico. De este modo, Gallego juega también con el tiempo. En su afición por abarcar pasados, presentes y futuros, crea el concepto de “mapa temporal”: “mentirán los mapas si no hallamos / enmarcados en ellos los recuerdos”.

Se trata de una obra muy personal, íntima y al mismo tiempo universal, que analiza los engranajes del tiempo y a sí mismo en este fluir de años. Sentencia: “Madurar es darte cuenta de que / el traje que habitas es tu propia piel”. Y hay una lucha constante contra la máscara: “renunciar a las obsesiones / es siempre una derrota”.

Finalmente, el poema que da título a la obra constituye un homenaje al propio tiempo, una reverencia dócil ante el más poderoso de los escribas: “El tiempo escribe con caracteres / […] de arrugas, / sobre el cuaderno de la memoria”. Presiente el poeta una armonía en su actuar que no todos detectamos, y admite: “creemos que comete faltas de ortografía y dicción. / Son nuestros oídos sordos al dictado del tiempo”.

Francisco Javier Gallego Dueñas es licenciado en Historia Medieval y Doctor en Sociología. Fue uno de los miembros fundadores de la revista literaria Voladas, en la que actualmente trabaja como editor. Ha participado en diversas revistas literarias y aparece en las dos Antologías de Escritores Roteños y en el Primer Concurso de Microrrelatos (Sora Ediciones, 2016).

Los fantasmas de Velintonia

IMG_8683El pasado viernes, tras un día de verano primaveral, amainó la lluvia poco antes de las ocho de la tarde, cuando se volvieron a abrir las puertas del número tres de la antigua calle Velintonia, cuyo nombre oficial es, desde hace años, “calle de Vicente Aleixandre”.

Resulta inexplicable la emoción presentida al avanzar una vez más hacia el jardín, consciente de que ese camino emprendieron, antes que yo, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Luis Cernuda, Rafael Alberti… Ese camino, iluminado con velas, que conduce hacia el inmenso jardín coronado por el cedro libanés que plantó el propio poeta en 1940, cuando hubo de reconstruir la vivienda tras los desastres de la Guerra Civil. El jardín, alegremente invadido por decenas de sillas, me saludó con la familiaridad que solo aparece entre las almas predispuestas a la poesía. Como siempre, supe que, de algún modo, Aleixandre estaba presente, mirándonos con complicidad a través de sus bondadosos ojos azules. El olor a lluvia en el aire, las paredes demacradas y sabias del edificio, la enorme fotografía del poeta sobre el improvisado escenario. De repente, su voz emergiendo de una antigua grabación. Latía la emoción en cada brizna de viento.

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Alejandro Sanz, presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, presentando el acto

Un año más, ha continuado la lucha emprendida por la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre por salvar la casa del poeta, donde vivió desde 1927 hasta su muerte, acaecida en 1984. Desde ese año, el edificio se encuentra en un lamentable estado de abandono, sin que ninguna institución política haya dado un paso efectivo –más allá de compromisos de boquilla y discursos edulcorados- por hacerse cargo de ella. En 2017 se ha celebrado el cuadragésimo aniversario de la entrega del Nobel de Literatura a Aleixandre. Este año, han intervenido personalidades como Mª Amaya Aleixandre, Luis María Anson, Emilio Calderón, José Luis Ferris, Charo López, Alessandro Mistrorigo, Andrés Pociña, Aurora López, Aitor Larrabide, Manuel Rico, Javier Lostalé… Y un grupo de pop sevillano, Maga, que le cantó a la casa del poeta.

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Con Alejandro Sanz y Andrés París en la biblioteca de Aleixandre

El sábado por la mañana, un grupo de afortunados tuvimos ocasión de visitar la casa por dentro, guiados por la voz experta de Alejandro Sanz, que preside la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre. Es Alejandro un buen amigo, enamorado de la Generación del 27, que habla de aquellos poetas como de admirados compañeros cercanos que, simplemente, estuvieran ausentes por unas vacaciones un poco más largas de lo normal. Una tiene la fantástica impresión, conversando con él, de que todavía vivimos en la Edad de Plata. Desde hace ya bastantes años, conduce la Asociación de Amigos con un entusiasmo contagioso, defendiendo con ahínco la memoria de su –de nuestro- adorado Aleixandre, junto a su compañera de la Asociación, Asunción García Iglesias.

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Vicente Aleixandre en la biblioteca

Ardua tarea en una ciudad como Madrid, donde los ayuntamientos –unos y otros- demuestran su compromiso con la cultura celebrando costosas “noches en blanco” que siempre acaban en botellón y no se preocupan por la casa de un Premio Nobel. En una comunidad en la que la Presidenta no declara al edificio Bien de Interés Cultural debido a su “escaso valor arquitectónico”. En un país, en resumen, como España, antaño cuna de grandes escritores, hoy hábitat natural de vocingleros y botarates que tienen a bien desgobernarnos desde su probada ignorancia. A ellos, les recomendaría que leyeran; que se esforzasen por comprender la historia y la cultura de su país o, al menos, por respetar a aquellos que sí las comprendemos.

Un reciente artículo anuncia que Manuela Carmena, nuestra actual alcaldesa, va a estudiar un plan de protección para la casa a petición del PSOE. Alejandro Sanz recibe la noticia con prudencia, amparado en todas las anteriores promesas y disposiciones que, finalmente, no pasaron de palabras. Es inevitable, sin duda, el escepticismo, que quedará neutralizado cuando sean los hechos, las acciones prácticas, los que hablen. No puede vencer la incultura en este país; no, al menos, para siempre.

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El salón.

Atravesamos la puerta verde. En el salón del primer piso, se interna una luz lírica por la ventana. Muy cerca, el dormitorio de Vicente. Allí escribió la mayor parte de su obra, contemplando las ramas del cedro, sentado en la cama: esa cama cuya actual ausencia deposita un vacío cuajado de memoria. Después bajamos al sótano, donde originalmente se hallaban las dependencias del servicio. Hay un rastro de gorriones inmóviles que, atraídos probablemente por la posibilidad de refugiarse del frío de la semana pasada, fueron luego incapaces de salir y se quedaron atrapados en una muerte trágica y poética.

IMG_8702Mientras caminamos por la casa vacía, el recuerdo de Vicente nos sigue muy de cerca, sonriendo discretamente en su experimentado papel de anfitrión. Hay versos flotando en el aire polvoriento; resuenan por las esquinas los acordes fantasmas de un piano y la risa musical, cantarina, de Lorca. En la biblioteca, Miguel Hernández se afana por salvar algunos libros de las bombas y abajo, en el vestíbulo, Luis Cernuda espera, tímidamente, a que Aleixandre lo reciba.

Son escenas intangibles, recuerdos, guiones de sueños deshilachados. La poesía, la memoria, la emoción: realidades que pueden vencer a la muerte y que, sin embargo, son infravaloradas bajo sentencias burdas, carentes de sensibilidad, que aluden a cuestiones tan prosaicas como “el valor arquitectónico”. Ya dijo Larra que “Escribir en España es llorar” y, años, después, fue corregido por Cernuda: “Escribir en España no es llorar, es morir”.

Afortunadamente, todavía quedamos idealistas enamorados de aquellos inmensos fantasmas.

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