Las trampas y las letras: Andrés Trapiello VS Rafael Alberti

El poeta Rafael Alberti en la década de los 90
El poeta Rafael Alberti en la década de los 90

Hace un año, escribía acerca de la escasa e injusta valoración que hoy en día posee en España la obra de Rafael Alberti, miembro de la Generación del 27 que gozó de gran popularidad durante los años de la Transición. Alberti nació –“¡respetadle!”- con el cine, en 1902, y fue el último de su generación, falleciendo en octubre de 1999 a los 96 años, a punto de ver cumplido su sueño de entrar en el siglo XXI. Había tenido que exiliarse al concluir la Guerra Civil, debido a su ideología comunista y republicana: su exilio le condujo a Buenos Aires, Uruguay y Roma. En 1977, dos años después de la muerte del dictador Francisco Franco, regresó a España acompañado de su esposa, la también escritora María Teresa León, que ya comenzaba a sufrir los primeros signos de la enfermedad mental que la acabaría confinando en un sanatorio, donde pasaría sus últimos y desolados años de vida.

Más allá de la popularidad de Alberti en los años de la Transición y de su intensa actividad política como miembro del Partido Comunista, su extensa obra literaria constituye el reflejo de todo un siglo y se caracteriza, principalmente, por su plasticidad y colorido, poso tal vez de segunda faceta artística: la de pintor. Los poemas albertianos, cuajados de claroscuros, luces y sombras, azules de diferentes gamas; se hallan envueltos en una musicalidad que dibuja en el alma del lector inacabables universos bañados de inocencia y traspasados por el filo punzante de la nostalgia, la que él llamó “nostalgia inseparable”. Lo que también fascina de su obra es su evolución por diferentes estilos, partiendo del neopopularismo y pasando, sin apenas transición, al neogongorismo, y de él al surrealismo, para después vivir en la poesía social y concluir su carrera con un sorprendente poemario de tono erótico.

La voz poética de Alberti se erige como una de las más altas de la poesía española y resulta original e incomparable a ninguna otra. Por eso, a día de hoy me sigue horrorizando que, a menudo, cuando explico que su obra es el tema de mi tesis doctoral, la gente –entre ella, profesores universitarios, críticos e intelectuales de diversa índole- me sorprenda con una valoración desdeñosa del estilo: “A mí es que la poesía de Alberti…”; seguida de una justificación confusa acerca de por qué Alberti no puede ser considerado buen poeta, justificación en la que, en numerosas ocasiones, se incluye la faceta política del gaditano, que para muchos es la única a tener en cuenta. Tantas veces me he preguntado: ¿por qué ha alcanzado estos niveles injustos de infravaloración?

Rafael Alberti y María Teresa León en los años treinta
Rafael Alberti y María Teresa León en los años treinta

Estas Navidades, cayó en mis manos un libro supuestamente muy recomendable, publicado en 1994 y con una ampliación de contenido en 2010: Las armas y las letras. Su autor, Andrés Trapiello (León, 1953) es un reconocido escritor y considerado “ensayista”, principalmente, por esta obra. En el prólogo, ya me sorprendió que alardeara de que su libro no es un ensayo y tampoco una novela, sino una recopilación de anécdotas de los escritores durante la Guerra Civil. Se jactaba de no haber incluido referencias ni bibliografía en la obra por no tener la intención de “formar alumnos o codearse con catedráticos”, resolución que me resultó chocante tratándose, como se trata, de un libro con perspectiva histórica y no de ficción.

En el mencionado prólogo, Trapiello nos habla de una “tercera España” que no intervino en la Guerra Civil y no se sentía identificada por ninguna de las dos posturas enfrentadas en ésta. Cabe cuestionarse la existencia de esta “tercera España”, neutral y centrista, defendida a ultranza por Trapiello, en el contexto de Guerra Civil, de tensión internacional que dejaba a Europa al borde de una II Guerra Mundial. ¿Cómo no implicarse, cómo mantenerse impasible, indiferente, ante la catástrofe que se fraguaba? La tesis de Trapiello carece de sentido. Inquietan, además, sus intentos de justificación, mal disimulados, del levantamiento franquista en 1936.

Portada de Las armas y las letras, de Andrés Trapiello. Ediciones Austral
Portada de Las armas y las letras, de Andrés Trapiello. Ediciones Destino

Pero este punto no es lo más grave del contenido de Las armas y las letras, ni mucho menos. En el libro, su autor arremete, desde el principio, contra Rafael Alberti, a quien comienza acusando de ser el causante de la ejecución, por parte de la II República, del escritor Ramón Martínez de la Riva, a quién supuestamente señaló en una de sus intervenciones públicas. Más adelante, dedica gran parte de un capítulo a denostar la figura y la actividad literaria y social tanto de Alberti como de su esposa, María Teresa León. Incluye supuestos testimonios de intelectuales de la época que los conocieron, como Manuel Azaña o Juan Gil-Albert, e incluso se atreve a esbozar hipótesis sobre lo que de él pudiera opinar Ortega y Gasset. Ninguna de estas opiniones aparece contrastada ni referenciada.

Tras esta vejatoria presentación de Alberti a los lectores, suelta Trapiello la bomba: una supuesta acusación, en 1992, de “alguien”, “sin prueba alguna”, que culpaba al poeta de haber firmado sentencias de muerte durante la Guerra Civil. Alberti, afiliado al Partido Comunista, formaba parte entonces, junto con otros escritores como José Bergamín, André Malraux, Pablo Neruda o Luis Cernuda, de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, cuya labor se limitaba a defender el patrimonio cultural español durante la guerra y a organizar actividades culturales para animar a los soldados republicanos. No tenían, pues, responsabilidades políticas ni militares.

Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre y José Bergamín durante la Guerra Civil
Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre y José Bergamín durante la Guerra Civil

Ante la falta de datos en ese “tirar la piedra y esconder la mano” de Trapiello en el libro, he investigado al respecto del episodio, descubriendo que el “alguien” acusador no era otro que Torcuato Luca de Tena (1923-1999), nieto del fundador de ABC, director de dicho periódico y franquista hasta la médula. En su libro de memorias Franco si… pero. Confesiones profanas. Unos años decisivos de la vida de España vistos y narrados por un testigo excepcional (Planeta, 1993) señala a Alberti como responsable de muchas muertes y, por supuesto, sin aportar la más mínima prueba. El episodio, acaecido aún en vida de Alberti, causó una gran polémica en su día, haciendo que historiadores, investigadores y biógrafos se levantaran contra la injusticia y probaran que tales acusaciones constituían una infamia.

La defensa de la inocencia de Alberti ya se había producido cuando Trapiello sacó a la luz la primera versión de su libro y, a pesar de detenerse en la acusación de Luca de Tena, no menciona la resolución del conflicto. Una decisión sospechosa, la suya, y ciertamente tendenciosa. Tras no aportar pruebas o nombres, escribe este vergonzoso párrafo, que deja muy clara su postura –subrayo en negrita las palabras o frases que me resultan más escandalosas-:

Para unos, Alberti fue testigo de muchas de aquellas muertes. Otros, en cambio, van más lejos y aseguran que llegó a estampar su firma en algunas sentencias, y otros, en fin, que “sólo” fue cómplice. Por último están los que creen que Alberti sólo fue consecuente con la responsabilidad de ganar la guerra. En cierto modo todos tienen razón. No habido una sola guerra que se haya ganado limpiamente. […] Fue Neruda quien en sus memorias reconoció la barbarie de aquellas checas, de aquellos paseos capitaneados por forajidos. Cierto que lo admitió treinta años después. Un poco tarde para los muertos. ¿Firmó Alberti sentencias de muerte, las conocía, las toleraba,  se opuso a tales muertes tan violentamente como cincuenta años después negó que tuviese relación con ellas? […] No es nada nuevo decir que el Partido Comunista, al que Alberti pertenecía, no solo no evitó muchas de esas ejecuciones, sino que a veces, como en los sucesos del POUM, las propició. Alberti, como militante, pudo entonces estar o no informado de la política de su partido, pudo estar o no de acuerdo con sus actuaciones. Desconocimiento es también la primera excusa que aducen los criminales de guerra a los que se sienta en un banquillo para hablar del Holocausto. Por otro caso las guerras se ganan matando gente, y quien está en una trinchera es solidario y responsable, por el principio de subsidiariedad, no solo de la trinchera, sino del frente y de la guerra. Incluso sin ser leninista, un solo revolucionario es responsable de toda la revolución (Trapiello (2014), Las armas y las letras. Madrid: Austral. P. 132).

¿”Unos”, “otros”, “algunos”? ¿Dónde se encuentra aquí el rigor de las fuentes manejadas? ¿Por qué Trapiello se niega a mencionar a Luca de Tena, acaso teme que un lector avispado lo relacione correctamente con la ideología franquista? ¿Qué decir ante la vergonzosa insinuación acerca de los criminales de guerra que aducen desconocimiento, como si Alberti fuera uno de ellos? Trapiello incluso justifica su odio visceral contra el poeta alegando que, simplemente por apoyar a la República, Alberti ya ha de considerarse responsable de las muertes que la guerra trajo consigo.

El escritor Andrés Trapiello, autor de Las armas y las letras
El escritor Andrés Trapiello, autor de Las armas y las letras

Y como bien indica el título, no solo se ocupa de “las armas”, sino también de “las letras”, asestando una última y canalla puñalada contra la faceta poética de Alberti, en un párrafo que comienza diciendo: “Incluso como poeta es difícil tener de Alberti una idea clara” (Trapiello, 2014: 133). A dicha afirmación le sigue una serie de testimonios sin contrastar y referencias dispersas, muy en la línea de esta obra que, incomprensiblemente, ha alcanzado una fama inusitada en España. En mi opinión, no constituye más que una maraña de opiniones caóticas y recopilación de anécdotas, más o menos verídicas, que el autor haya podido leer aquí y allá o, como dice el refrán, haya oído campanas y no sepa dónde.

Pero a su desconocimiento e incapacidad de contextualizar la época de la Guerra Civil española hay que sumarle una intención clara de dañar la memoria y el valor poético de una figura como la de Rafael Alberti. Y por testimonios sin fundamento que se vuelven populares, como este, hemos conseguido que demasiada gente infravalore hoy a un poeta tan inmenso, que necesita ser necesariamente reivindicado, leído y revisado. Como investigadora literaria, ya me he comprometido a aportar todo lo que pueda en este terreno, pero filólogos, biógrafos e historiadores deberían tomarse más en serio la cuestión.

Concluyo con unas palabras del propio Alberti, cuando en 1993 tuvo que defenderse ante las injustas acusaciones de Luca de Tena:

«Las únicas armas con las que defendí fervorosamente la legalidad republicana fueron mi pluma y mi palabra» (El País, marzo de 1993).

Quince años sin Rafael Alberti

El poeta tras su exilio
El poeta tras su exilio

Me voy con los ojos llenos de los acontecimientos de un siglo. Un siglo de horrores, de enfrentamientos, de dolorosísimas separaciones, de hechos que habitan en mis bosques interiores y en los que, casi a mis noventa y cuatro años, aún puedo caminar sin perderme en su frondosidad. Pero no me quiero ir. No quiero morirme. Sigo sin querer morirme. ¿Por qué tengo que morirme? Todavía me retienen muchas cosas, muchos atrayentes sabores que no quiero dejar de percibir.

El año 2000 ya está ahí, casi lo estamos tocando. ¿Será posible que me abra sus puertas? […] Tiempo. Tiempo. ¿Por qué no hay más tiempo…? Mujeres que habéis pasado presurosas por mi vida, cercanas o lejanas ya, hermosas siempre, por encima de los días, de la crueldad del tiempo y del olvido. No adivino ya vuestros rasgos cuando atravesáis mi, todavía, encendido jardín. Pero siempre seréis un delicado y silencioso recuerdo en las páginas de mi perdida arboleda… Todo en mí sigue latiendo. Amo todo aquello que siempre amé, sin advertir la sorpresa de los que ya me contemplan como un árbol centenario al que le crujen las ramas e imaginan sin savia en las venas. Pero pienso, una vez más, en Anacreonte, en la edad del atrayente mar y de las sirenas, en la del incesante viento que a través de los siglos se enreda en el cabello dorado de las muchachas…

Rafael Alberti, La arboleda perdida

 

Con estas palabras se despedía Alberti en el último capítulo de sus memorias. A sus casi noventa y cuatro años aún gritaba, en un alarde de insolencia y lirismo, que no quería morirse. Esto no ocurriría hasta tres años más tarde, el 28 de octubre de 1999. Finalmente, no cruzó el umbral del nuevo siglo: nació con el XX y se fue también con él. Hoy, cuando ya llevamos quince años sin él, el mar de Cádiz todavía conserva el color de sus ojos y, dispersos por aquellas playas, los recuerdos de su infancia, adolescencia y vejez suspiran entremezclados con el viento de levante.

Alberti no fue, como tantos dicen, el poeta de la alegría, de la frivolidad, del neopopularismo. Alberti fue una paloma equivocada, un estandarte de nostalgia perdido en un siglo en el que nada permanecía, en el que todo giraba en un constante devenir heraclíneo y sus versos, como lágrimas saladas, murmuraban con ingenuidad que nada era lo mismo.

Nada era lo mismo, pero seguía siéndolo en su corazón. El Puerto de Santa María, cuajado de azules y blancos, que se vio obligado a dejar en 1917. El Madrid de la República donde halló su identidad política, sus amigos, su personalidad poética; arrasado por las bombas de la Guerra Civil. España sola, peregrina, viajando hacia otro continente para escapar del yugo totalitario del franquismo. Su “Buenos Aires querido”, que diría Carlos Gardel, donde nació su hija Aitana, aquella que fue bautizada en recuerdo a la sierra alicantina que avistaran él y María Teresa desde el barco que los conducía al exilio: la última visión de su más tarde añorada España. Punta del Este, y también Roma, esa Roma humilde y entrañable que nacía en el barrio popular del Trastévere, con sus automóviles enloquecidos y sus gatos invasores. Todos estos paisajes resurgen con asombrosa fuerza en sus versos últimos, aquellos que escribió al regresar a España, a esa España que ya no reconocía.

Como ya confesé en mi artículo Una deuda con Rafael Alberti, él es el poeta de la Generación del 27 que siento más cercano; en gran medida, porque yo tenía diez años cuando él murió. Tengo recuerdos extraños, como el de aquel profesor del instituto que lo pasó por alto en el temario, limitándose a decir que “de joven era muy guapo, pero de viejo se dejó el pelo largo para parecer un bohemio”. En ese momento, deseé levantar la mano y pedirle que nos explicara su poesía, pero la timidez pudo conmigo. Hace tiempo, soñé que iba con él en un autobús que se dirigía a la Avenida de los Sueños Olvidados, donde nos reuniríamos con García Lorca, que nunca había muerto. Rafael llevaba el cabello níveo cubierto por su sempiterna gorra marinera y hablaba conmigo con alegría y naturalidad.  Tenía frente a mí al único poeta capaz de gastarse la recompensa de un Premio Nacional de Poesía en invitar a helados a toda la gente con la que se cruzara, y aquel que consideraba que dormir es una pérdida de tiempo.

Yo estoy de acuerdo contigo, Rafael: también soy de las que duermen lo menos posible. Aunque solo en sueños podemos regresar a los lugares en los que el calendario ha construido una barrera infranqueable, y hablar con personas devoradas por las oscuras aguas del Tiempo…

Agosto de 2014, en la Casa Museo de Rafael Alberti
Agosto de 2014, en la Casa Museo de Rafael Alberti

El último Jorge Guillén: la quiebra del mármol

Jorge Guillén
Jorge Guillén

Mis inacabables tareas académicas no me han permitido, hasta ahora, realizar un justo homenaje al poeta Jorge Guillén, de cuyo fallecimiento se cumplieron el pasado jueves, 6 de febrero, 30 años.

Guillén, nacido en Valladolid en 1893, fue uno de los poetas de más edad de la Generación del 27. Su poesía se caracteriza por un optimismo cósmico –la idea inversa del pesimismo de los versos de Vicente Aleixandre-, una serenidad existencial en la que el yo lírico se halla inmerso en un mundo perfecto, completo. La descripción de Guillén más ideal que conozco la dio un intuitivo Rafael Alberti en La arboleda perdida, donde expresó que, mientras Cernuda “era el cristal, capaz, en un instante, de romperse”, Guillén era “el mármol sólido, elevado a columna”. En efecto, Guillén, como una columna compacta de mármol, rara vez tiembla en sus versos o pierde la compostura y, si se lamenta, es el suyo un lamento solemne, estable, vigoroso; como aquel que apreciamos en Cántico, Clamor y Homenaje, sus obras más conocidas, aquellas con las que compuso en 1968 la trilogía poética Aire nuestro.

Tal vez esta fortaleza, su solidez consistente, irrompible, es la que convierte a Jorge Guillén, desde mi punto de vista, en el poeta más lejano –o, dicho de otra forma: menos cercano- de su generación. Por ello, me sorprendió leer, hace unos años, el que se considera su último poema, titulado “Misterioso”:

Pasa el vídeo misterioso

vuelve el pasado en movimiento,

y el instante insignificante

llega enseguida a conmovernos.

¿Y por qué? Porque significa.

No cruzan su flujo y su tiempo

frente a nuestros ojos atónitos

Sin arrastrarnos a lo inmenso

Ese impulso que es esencia.

Contra mareas, contra vientos,

Y jamás contacto con Nada

Nada irreal que es siempre un sueño,

Y la gran verdad nos oculta:

El vivir del amigo muerto.

¿Cómo?

Salinas.

Me emociono.

Es él y todo el universo.

.

El autor de estos versos no parece el mismo Guillén de piedra maciza que hablaba del “beato sillón”. Los verbos “conmoverse”, “emocionarse”, resultan casi inverosímiles en su poética. Quizá en este punto reside, precisamente, la maravilla de “Misterioso”.

Guillén lo escribió el mismo año de su fallecimiento, en 1984, inspirado por un vídeo casero que llegó a sus manos, despertándole recuerdos de un tiempo en el que la joven intelectualidad buscaba romper con el pasado y beber de la poesía como de un elixir fresco, envolvente, bandera de la esperanza. Se trata de una de las poquísimas grabaciones que se conservan en la actualidad de la Generación del 27, puesto que la mayoría fueron destruidas durante la Guerra Civil y el franquismo.

El vídeo, de 12 minutos de duración, fue rodado en 1928 por Juan Guerrero Ruiz, secretario de Juan Ramón Jiménez, con una cámara Baby Pathé de 9,5 milímetros. Habiendo permanecido inédito durante más de 80 años, en 2009 vio la luz en un documental realizado por Rafael Zarza –descubridor del documento gráfico- titulado El deseo y la realidad –una inversión del nombre de la obra poética de Luis Cernuda: La realidad y el deseo-. En este video podemos ver un extracto del documental:

Resulta, en efecto, emocionante, contemplar a Dámaso Alonso fumando con aire grave en un una azotea madrileña, la risa tímida e ilusionada de un jovencísimo Luis Cernuda y aquella otra, desvergonzada y única, del deslumbrante Rafael Alberti; la figura solitaria y adusta de Guillén, el gesto entrañable de Fernando Villalón mientras contaba alguna anécdota con su incomparable gracia sevillana. Y al final, el escalofrío inevitable producido por la visión de Pedro Salinas cruzando rápidamente la escena, con el telón de fondo de las palabras de Guillén.

Mucho se ha polemizado acerca de las relaciones reales entre los miembros de la Generación del 27, también conocida como “Generación de la amistad”, mencionándose la supuesta competitividad entre Lorca y Alberti o el desprecio de Cernuda hacia algunos de sus compañeros. Sin embargo, en el caso de Guillén y Salinas, era sincera la amistad que les unía y que se mantuvo, bien en persona o bien de manera epistolar, durante décadas, hasta la muerte del segundo.  Y este profundo cariño queda reflejado en los últimos versos escritos por Guillén, dedicados a Salinas, cuyo recuerdo logra hacerse quebrar el mármol robusto de su templanza.

Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas en 1924
Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas en 1924

Una deuda con Rafael Alberti

El poeta Rafael Alberti
El poeta Rafael Alberti

Hoy Rafael Alberti, pintor de poemas de la Generación del 27, habría cumplido 111 años. Murió junto a su mar gaditano, el mismo que llevó consigo siempre en el azul de sus ojos. Fue en octubre de 1999, cuando yo tenía diez años y él, los cabellos coloreados por el pincel del Tiempo. Alberti siempre pensó que cumpliría los 100, pero le faltaron tres años. Tres años y dos meses…

Últimamente, he escuchado demasiadas veces decir que Alberti no fue tan poeta como otros de su generación: Lorca, Cernuda, Aleixandre… Me sigue chocando, y no se corresponde esta imagen con la que tenía de él cuando era pequeña. Recuerdo a mi padre leyéndome poemas de aquella antología titulada Rafael Alberti para niños, de Ediciones de la Torre. Palomas, mares y cielos se sucedían en sus versos. Mi padre también me contaba, con orgullo, cómo una vez le escuchó recitar en Parquesur. Alberti era entonces una especie de dios viviente de la literatura. Alberti era, junto a Lorca, el Poeta.

En el mundo literario, las modas pesan demasiado. Por ejemplo, antes de 2002, año en que se celebró el centenario del nacimiento de Luis Cernuda, este era considerado un segundón dentro del marco de la Generación del 27 –me refiero a la crítica en general, no a los poetas; evidentes resultan las influencias que Cernuda produjo en la Generación del 50-. Desde entonces, la valoración de Cernuda fue in crescendo hasta llegar a la situación actual, en la que algunos críticos le consideran como el mejor poeta de su generación.

Con Rafael Alberti ha ocurrido al contrario. Pasó de ser una figura popular durante la Transición a una especie de huella literaria de un pasado cercano. Ahora, queda muy moderno decir: “yo no leo a Alberti”, “no me gusta Alberti, creo que tuvo su momento”, “Alberti me resulta muy simple”. Ellos, por supuesto, se inclinan por voces más “complejas” como la de Aleixandre –aunque a veces me pregunto si muchos realmente son capaces de desentrañar sus versos…-. ¿El poeta de la calle? Tampoco: para eso ya tenemos a Miguel Hernández –que, tristemente, parece más reconocido en nuestra sociedad por su perfil de “poeta-cabrero” que por su poesía en sí-. Al hablar de Alberti, indefectiblemente, la gente alude a su compromiso político, al hecho de que militara en el Partido Comunista: gran parte lo considera un punto negativo. Efectivamente, durante la Guerra Civil, Alberti tuvo una etapa de poesía social, furibunda e incendiaria, como no la tuvo, por ejemplo, Cernuda. Pero no solo existe la poesía social en su obra: Alberti es, de hecho, uno de los poetas más aventureros respecto a corrientes y escuelas. Lo ha experimentado casi todo.

Rafael Alberti junto a Dolores Ibárruri, "La Pasionaria", como diputado del PC por Cádiz en las primeras Cortes democráticas españolas desde la Transición, en  1977
Rafael Alberti junto a Dolores Ibárruri, «La Pasionaria», como diputado del PC por Cádiz en las primeras Cortes democráticas españolas desde la Transición, en 1977

Que Alberti militara en el PC o participara en mítines políticos no le resta o le suma calidad a su literatura. Ha habido muchos poetas en la Historia que no han ocultado su ideología, y que incluso han utilizado la poesía como medio para alcanzar sus metas políticas. Me refiero, por ejemplo, a cuando André Breton quiso convertir el surrealismo en la expresión lírica del comunismo. ¿Y quién, hoy en día, no reconoce la trascendencia de Breton en la literatura del siglo XX? A Alberti, sin embargo, su compromiso político le sirvió para no ganar el Nobel.

Porque, no nos engañemos: no le concedieron el Nobel debido a que, en plena Transición, resultaba mucho más políticamente correcto dárselo a Aleixandre, que no se había decantado públicamente por ninguna ideología en concreto. Y con esto, no quiero decir que Aleixandre no se lo mereciera, simplemente explico por qué no se lo dieron a Alberti. Pero es ofrecer este argumento y que los cuatro eruditos de turno te digan que, claro, que Marinero en tierra no se puede comparar, por ejemplo, con La destrucción o el amor.

¿De verdad vamos a juzgar la obra de un poeta como Alberti por un libro como Marinero en tierra? Alberti es mucho más que Marinero en tierra, y se debe mirar ese libro en el contexto de la época en que se publicó, cuando se puso de moda el neopopularismo. A pesar de no ser su mejor poemario, contiene imágenes muy plásticas que ya adelantan lo que vendría después. Sin embargo, recuerdo que cada vez que salía en clase el nombre de Alberti, automáticamente se asociaba a Marinero en tierra. Quizá los profesores de Lengua y Literatura deberían saltarse el canon y buscar la forma más efectiva de que la poesía de Alberti llegue de verdad a los alumnos. A partir de mi fugaz –pero intensa- experiencia como profesora en un instituto  público de Madrid, puedo afirmar que los adolescentes se sienten mucho más atraídos por un poema como “Buster Keaton busca por el bosque a su novia, que es una verdadera vaca”, que por aquel otro tan conocido que comienza así: “El mar. La mar. / El mar. ¡Sólo la mar! / ¿Por qué me trajiste, padre, / a la ciudad?”

Rafael Alberti junto a Manuel Altolaguirre y José Bergamín (abajo) durante la Guerra Civil española
Rafael Alberti junto a Manuel Altolaguirre y José Bergamín (abajo) durante la Guerra Civil española

Confieso que mi primera intención era hacer la tesis sobre Cernuda. Si me acabé decantando por Alberti fue porque era consciente de esta situación: de la necesidad de revitalizar los estudios sobre su obra y su persona, de devolverle su lugar en la historia de la Literatura. Realmente, creo que los investigadores actuales tenemos una deuda con Rafael: el más plástico de los poetas de su tiempo, el que buscó por el cielo a Miss X y se vio invadido por un alud de ángeles equivocados, el que le dedicó el más entrañable y estúpido poema de todos cuantos le hayan dedicado a Charlot. Quien después levantó el puño y cantó para el pueblo, se exilió y logró que su voz alcanzara España y resonara por los campos, por los mares andaluces, que removiera las conciencias de los poetas que no veían más allá de sus propias miradas. El mismo Alberti que puso palabras a los colores y me hizo temblar con un solo verso: “Me enveneno de azules Tintoretto”.

.

.

También lo elegí para mi doctorado porque me siento próxima a él, de alguna forma. Al fin y al cabo, es el único poeta de la Generación del 27 cuya existencia coincidió, aunque fuera unos pocos años, con la mía. Y comparto su amor por Cádiz, por los azules y blancos gaditanos. Lo contemplo en la distancia de los años con nostalgia –una “nostalgia inseparable”, tan suya- y me reafirmo: es necesario que devolvamos a este inmenso poeta el lugar que le corresponde.

Siempre esta nostalgia,

esta inseparable nostalgia

que todo lo aleja y lo cambia.

Rafael Alberti en los años treinta
Rafael Alberti en los años treinta

Espinas

Emplearé todo el resto de mi vida en contemplar el suelo seriamente

ahora que ya nos importan cada vez menos las hadas,

ahora que ya las luces más complacientes estrangulan de un golpe las primeras sonrisas de los niños

y exaltan a puntapiés el arrullo de las palomas

y abofetean el árbol que se cree imprescindible para el

embellecimiento de un idilio o de una finca.

Mira siempre hacia abajo.

Nada se te ha perdido en el cielo.

 

Rafael Alberti, “La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo”

"El mal de la ausencia", René Magritte
«El mal de la ausencia», René Magritte

Hay días en los que dejas de creer en la poesía. Días en que te sientes más cínica que romántica y desearías cambiar todos tus versos por una guitarra eléctrica. Marcharte a algún lugar donde nadie te conozca. Rebelarte contra los sueños frustrados, las falsas amistades, la hipocresía, los finales felices inalcanzables, el miedo, los amores no correspondidos y todas aquellas malditas películas de Disney que han dejado un poso de purpurina en tus pupilas que no te deja ver con claridad las cosas que tienes delante. Siempre, siempre se acaba volviendo a Cernuda.

Pruebas médicas interminables, burocracia universitaria, el verano que termina para siempre en tus ojos, la última inocencia que estalla.

Hay días en los que quisieras poseer una coraza de espinas de erizo con la que cubrirte para que nadie pueda hacerte daño. Perderte en el viento del oeste, como aquella Miss X de Alberti que dio tanto de que hablar para después, simplemente, caer en el olvido.

No existe el olvido. ¿O eso sólo se puede aplicar a mí?

Cat Stevens dijo en su canción que este es un mundo salvaje al que es difícil sobrevivir sólo con una sonrisa.

Siempre soñaste con que alguien te dedicara esa canción. Pero no te irías; regresarías con lágrimas, porque allá afuera no existiría un amor tan dulce, desinteresado y eterno.

¡Ay! Ya estás cayendo en el sentimentalismo. ¿Cat Stevens? Mejor Nirvana. No cruces al otro lado del espejo. El viento del oeste no va a acabar desintegrándote, porque siempre habrá alguien que piense en ti, y todavía no se han inventado las corazas de espinas de erizo.

Te queda rugir. Anestesiarte con el rock & roll. Desangrarte en poesía –sí, a pesar de todo- y mirar a los ojos a quien te desprecia o te humilla, y enseñarle los dientes, porque la bondad a veces es vulnerabilidad, sobre todo si no procede y si no es correspondida. Ya has regalado -tirado- demasiada amistad y muchos buenos sentimientos a quien no lo merecía.

Vuélvete llama, arde.

Sólo así…

¿Nirvana…? No; Cat Stevens. Y la poesía: Cernuda, Pizarnik. Y tu amor inviolable y eterno –amor como sentimiento individual- latiendo dentro del corazón, aunque no se abran ya sus puertas. No hace falta cruzar al otro lado del espejo, solo rugir. Detrás de las espinas de tus ojos todo lo que amas y todo lo que eres continuará inmóvil, dulce, palpitante e inocente, como siempre ha sido.