El próximo sábado 16 de diciembre se cumplirán 90 años de la celebración del homenaje a Góngora que constituyó el germen de formación de la magistral Generación del 27. Ese mismo día, Rafael Alberti hubiera cumplido 115 años.
Los Bardos hemos decidido celebrarlo poéticamente en la vinoteca Xelavid, donde los versos de los integrantes del 27 volverán a brillar mezclados con los nuestros. Además, contaremos con la presencia de José María G. de la Torre, director de Ediciones de la Torre, donde se está gestando una sorpresa muy barda para 2018.
¡Os esperamos! La entrada es gratuita y los poetas del 27 merecen un homenaje.
El mar es un olvido, una canción, un labio; el mar es un amante, fiel respuesta al deseo.
Luis Cernuda
Hay personas que, como los ríos, cruzan por nuestra vida con el mero propósito, inconsciente, de conducirnos hacia el mar. Una vez creí perderme en la corriente, hallar un asomo de permanencia en su fluir constante. Pero todos los ríos acaban encontrando su desembocadura.
Es su carácter transitorio el que les concede un sentido en nuestras existencias. Su naturaleza de puente, de camino, de viaje. Hay personas que, como los ríos, dependen de la frecuencia de las lluvias, y su caudal pierde consistencia cuando el viento no sopla a su favor. Hay caudales engañosos como astros caídos, ríos que se disfrazan de piedras, personas inconstantes.
Pero el mar, el mar siempre permanece. Sumergido unas veces en su propia serenidad, otras en sus revoltosas tempestades, no hace sino crecer. Visita la orilla y vuelve a alejarse, fugitivo y misántropo, con su promesa dócil de regreso. Recibe el caudal de los ríos y lo acoge entre sus brazos líquidos, con amor y holgura, con sabia benevolencia. Hay personas como mares y hay otras tan inmensas que se parecen más a los océanos.
Qué importan los golpes contra las rocas que la corriente del río selló sobre tu cuerpo durante aquel viaje. Qué importan las sequías, la decepción, la incertidumbre, cuando ya te envuelve el océano y constatas que has alcanzado al fin tu lugar, porque tu propia esencia está hecha de agua salada y tus profundidades son abisales. Hay océanos remotos y viajes interminables. Hay personas de agua dulce, incapaces de desembocar. Criaturas que vomitan sus futuros potenciales, golpeados de rocas, sobre la costa, y continúan fluyendo, iniciando de nuevo el ciclo, sumidas en una feroz ausencia de ambiciones existenciales, en un viaje condenado a repetirse hasta la eternidad.
Cernuda en su infancia, en su juventud y en su madurez
Hoy Luis Cernuda habría cumplido 115 años. Lo cierto es que se me hace muy difícil imaginarlo con esa edad, tal vez porque él nunca fue una persona hecha para la vejez. Nadie lo es, podrán argumentar algunos. Pero no todos lo asumimos igual. En el otro extremo se encontraba Alberti, que quería vivir más de cien años y profundizar en el nuevo siglo. Al final, se quedó a las puertas.
Cernuda era distinto. Le angustiaba el paso del tiempo y, sobre todo, las huellas que este dejaba en su cuerpo. Para él, eterno adorador de la belleza física, los signos de la edad debían de constituir un trauma. En su madurez, seguía enamorándose de muchachos jóvenes, casi adolescentes, aunque estos enamoramientos jamás pasaban del plano platónico, porque se sentía indigno de ellos a causa de su edad.
Cernuda a los sesenta
Nunca llegó a ser viejo. Murió de un infarto en 1963, con 61 años recién cumplidos. Murió como vivió: melancólico, escéptico hacia la humanidad y enamorado de la belleza en todas sus formas. No llegó a ser viejo; sin embargo, se sintió viejo. De hecho, tuvo mentalidad de anciano desde muy pronto; desde los 40 años, cuando miraba el cielo gris de Londres y contemplaba con languidez la aparición de sus primeras canas. Incluso desde mucho antes: desde 1931, cuando escribió aquello de “Estoy cansado de estar vivo”. Sorprende que un joven que en ese momento rozaba la treintena pudiera realizar tamaña confesión. Pero si nos remontamos unos años antes, a su libro de 1927 Perfil del aire, podemos ya encontrar esta disposición de ánimo en versos como “Postrada y fiel huye la edad mudable”. No había cumplido los 25 en el momento de escribirlos y, no obstante, vivía sometido a la congoja de imaginar el fin de la juventud.
A los veintitantos, se enamoró —de nuevo, platónicamente— de Lafcadio Wluiki, el personaje de una obra de André Gide, Les caves du Vatican. Era “Cadio” un adolescente impetuoso, asilvestrado, rebelde, consciente de su descarnada juventud: el prototipo de un Rimbaud descarado y brillante. Cernuda escribió su magnífica “Carta a Lafcadio Wluiki”, donde leemos:
La realidad no es nunca lo suficientemente amplia y diversa para que ella nos baste por sí sola. Es necesario ese margen misterioso, de vagas luces y vagas sombras, delicado, exigente y voraz, que la imaginación proporciona. […] No será exagerado decir que ese libro satisfizo, en tanto que libro, mi demanda. Un libro. Qué extraño e íntimo hallazgo; parecía esperarlo. Y en ese libro el personaje más fascinador, uno de los personajes más fascinadores que conozco […] ¿Será oportuno añadir que lo he buscado vanamente por esta realidad? Mi mayor deseo sería verle. Si solo eres héroe de poética verdad […], ¿por qué te busco así, materialmente? Tal vez deseo de confiarse a un semejante, tal vez necesidad de incoherencia; yo nada sé. […] Pronto te estimé como a ningún amigo.
De aquella fascinación nacieron algunos de los personajes que habitan sus poemas y sus obras prosísticas, como es el caso de Aire, el desafortunado protagonista de su relato “El indolente”, a quien describe de este modo:
Entonces surgió una aparición. Al menos por tal la tuve, porque no parecía criatura de las que vemos a diario, sino emanación o encarnación viva de la tierra que yo estaba contemplando. Aquella criatura, fuese quien fuese, saltando desnuda entre las peñas, con agilidad de elemento y no de persona humana, se fue acercando poco a poco. Así conocí a Aire. […] Había en su pelo esas vetas más claras de la concha llamada carey, tonalidad que denota larga familiaridad con el mar. Su cuerpo me apareció aquella mañana sobre el cielo, fino, resistente y esbelto, tal modelado por las olas, que entienden de eso como escultor ninguno ha habido en la tierra.
A lo largo de toda su vida, su obra, Cernuda buscó a ese ideal rimbaudiano deslumbrante, libre y poseedor de la belleza en el sentido más clásico del término. Tal vez porque esa libertad contrastaba con sus propias limitaciones: su timidez y sus dificultades en el trato social.
Cernuda siempre buscó el ideal rimbaudiano
Pero, además de su afición a la belleza, ¿cuál es el otro origen de su terror ante el paso del tiempo? En un artículo que escribí hace años acerca del concepto de la adolescencia en Cernuda, cité una confesión del propio poeta, puesta en boca en uno de los personajes de su obra Una comedia inacabada y sin título. Decía “Soy el eterno adolescente”. No se trata de la única ocasión en la que expresa algo parecido. Leemos en sus diarios: “Tonto, imbécil, loco incurable, niño imposible; Luis, no tienes compostura”.
El eterno adolescente, el niño imposible. Los cambios de humor, las célebres “rabietas” cernudianas, avalarían estas confesiones. Me atrevería a afirmar que Cernuda temía la vejez porque, en su interior, se sentía asaeteado aún por las tormentas de la adolescencia. Él, más que otros, no estaba preparado para ser viejo. No lo hubiera sido ni con 100 años, o tal vez lo fue desde siempre, porque la vejez y la juventud son dimensiones que también viajan en el corazón. Porque Alberti, con 80 años, tenía más vitalidad que él con 20.
Probablemente, no le hubiera gustado que homenajeara el 115º aniversario de su nacimiento. “¿Tanto tiempo ha pasado ya?”, me diría, airado. Pero yo siempre lo recordaré como aquel joven que contemplaba, tácito y melancólico, el paso de los días y de los sueños.
Célebre foto de la Generación del 27 en el tercer centenario de Góngora, en Sevilla, 1927. De izquierda a derecha: Rafael Alberti, Federico García Lorca, Juan Chabás, Mauricio Bacarisse, José María Platero, Manuel Blasco Garzón, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego
Nunca ha brillado tanto la poesía en España como en aquellos años de esplendor en los que los poetas de la Generación del 27 enarbolaban sus versos por nuestros cafés, por nuestra Residencia de Estudiantes, por las noches insomnes en las casas de Aleixandre, de Neruda, de Carlos Morla Lynch. La Guerra Civil los separó, pero desde el exilio o desde una España torturada por la dictadura franquista —la España del hacha, que diría el prometeico León Felipe—, cada uno de ellos continuó escribiendo magníficas obras que contribuirían a forjar el esqueleto de la literatura en lengua española. Hubo una excepción, trágica y escalofriante: Federico García Lorca no pudo componer más versos, porque su voz y su vida le fueron arrebatadas en aquel fúnebre agosto de 1936.
No podría comprender hoy la poesía sin la existencia del deseo adolescente cernudiano, sin los mares azules de Alberti, sin el duende de Lorca o los callados enigmas aleixandrinos. La Generación del 27 constituyó un equilibrio perfecto entre la tradición y la vanguardia, y he ahí una de las claves de su esplendor. Y sin embargo, parte de los poetas y poetastros de mi generación se resisten a su influencia por considerarla una poesía caduca, y los clásicos españoles hoy son rechazados en buena parte de los ambientes poéticos juveniles. Apostar por la tradición actualmente es, casi, una forma de vanguardia. Por eso, cuando critican mi poesía por parecerse demasiado a la del 27, me siento halagada. A mucha poesía actual le falta la música; esa música que plasmó Verlaine en sus versos y que enarboló con orgullo Rubén Darío y que recogerían también poetas como Lorca o Alberti.
Miguel Losada y Alejandro Sanz presentando el homenaje a los 90 años de la Generación del 27 en el Ateneo de Madrid
No debería ser necesario reivindicar la Generación del 27, porque ella brilla por sí misma. Sin embargo, tristemente, se impone hacerlo. Por eso me alegró tanto la última iniciativa de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, consistente en un homenaje por el nonagésimo aniversario de la Generación del 27. Alejandro Sanz y Miguel Losada, dos enamorados y grandes conocedores de estos poetas, representantes de la Sección de Literatura, organizaron un magnífico evento que, asombrosamente, no ha sido recogido por los medios de comunicación, quedando así demostrada la escasa importancia que en España se concede a nuestro patrimonio cultural.
Lo cierto es que fue una velada memorable. Quince poetas actuales, entre los cuales tuve el honor de contarme, recitamos versos de cada uno de los grandes vates del 27. Yo representé a mi adorado Rafael Alberti, cuya figura he reivindicado en mi tesis doctoral y que es la protagonista de un ensayo titulado La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra, que publicaré este mes con Ediciones de la Torre y presentaré el 12 de junio en el Ateneo de Madrid.
Los participantes del acto
Aquella noche, revivieron los poetas del 27. Resultó emocionante formar parte de este homenaje, deleitarme una vez más con sus obras y aprender de las palabras que les dedicaron los participantes del acto. Se produjo, además, una emotiva anécdota: la asistencia al evento de Alfred Jordan, un antiguo alumno de Luis Cernuda, del último curso en que este dio clases en Norteamérica. Recordaba el ahora veterano profesor el ensimismamiento de Cernuda y sus grandes conocimientos acerca de la literatura española.
Marina Casado representando a Rafael Alberti
El amor por la poesía se traslucía en todas las voces y miradas, y compartirlo fue una maravillosa experiencia. Dijo Alberti que el canto del poeta “asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres”. También podríamos citar esa hermosa estrofa lorquiana de la “Oda a Salvador Dalí”: “Pero ante todo canto un común pensamiento / que nos une en las horas oscuras y doradas. / No es el Arte la luz que nos ciega los ojos. / Es primero el amor, la amistad o la esgrima”. La amistad. Generación de la amistad, la llamaron también poetas de la talla de Vicente Aleixandre. Anoche nos lo recordó Alejandro Sanz, presidente la Asociación de Amigos del autor de Sombra del paraíso. Y verdaderamente, aquellos grandes amigos y escritores parecían sonreírnos desde la insondable distancia del tiempo.
Dejo aquí la lista de los participantes del acto y de los poetas del 27 a los que representamos, por orden alfabético:
RAFAEL ALBERTI – Marina Casado VICENTE ALEIXANDRE – Javier Lostalé DÁMASO ALONSO – José Cereijo MANUEL ALTOLAGUIRRE – Ángel Rodríguez Abad MAURICIO BACARISSE – Manuel Neila JOSÉ BERGAMÍN – Jon Andión LUIS CERNUDA – José Luis Gómez Toré JUAN CHABÁS – David Felipe Arranz GERARDO DIEGO – Jesús Urceloy JUAN JOSÉ DOMENCHINA – Luis Luna JORGE GUILLÉN – Francisco Caro FEDERICO GARCÍA LORCA – Miguel Losada JUAN LARREA – Juan Carlos Mestre EMILIO PRADOS – Alejandro Sanz PEDRO SALINAS – Rosana Acquaroni
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Y por último, todas las fotos de los participantes, cortesía de Alejandro Sanz:
Los fusilamientos de la Moncloa, de Francisco de Goya
Hace unas semanas, la concejala Itziar Vicente me llamaba para anunciarme que mi relato, Goya y la muerte, había resultado ganador del XV Certamen de Relato Corto Eugenio Carbajal del Ayuntamiento de Mieres, Asturias. Fue una buena noticia en mitad de un torbellino de tinieblas que se agitaba por mi vida en aquellos días. Mi premio aparece ya en la prensa:
Goya y la muerte es un drama ambientado en los años treinta, en una visita de las Misiones Pedagógicas de la II República al pueblo gaditano de Chiclana de la Frontera. Me documenté acerca de este viaje, en el que participaron el poeta Luis Cernuda y el pintor Ramón Gaya. Las Misiones Pedagógicas fueron una iniciativa de la II República consistente en llevar la cultura a zonas rurales desfavorecidas, donde no tenían acceso a ella.
El relato está escrito desde la perspectiva de Cristóbal, un niño de doce años hijo de pescadores, que comprende el sentido del arte en uno de los momentos más trágicos de su corta existencia. El inicio de la Guerra Civil pone un broche de sombra a su infancia.
En el siguiente enlace, dejo el relato completo, cuyos derechos de publicación son propiedad del Ayuntamiento de Mieres: